En el cuarto, el dulce aroma a leche y hierbas calmantes se mezclaba con las respiraciones acompasadas de los cachorros recién nacidos.
Leah observaba, con una mezcla de ternura y dolor, el rostro de las otras lobas, que acariciaban con infinita suavidad a sus hijos. Unas mecían a sus crías en los brazos, otras les susurraban palabras dulces que flotaban en el aire.
Tragó saliva con fuerza, en un vano intento por deshacer el nudo que le cerraba la garganta. Los muertos nada saben. Su bebé ya no