Pasaron los días. Lentamente. Como si el tiempo se estirara solo para burlarse de él.
Ezra caminó, respiró, durmió… pero todo le pareció hueco. Nadie le dijo nada, pero lo percibió: estaba fuera de lugar. Los jóvenes del Este comenzaron a tratarlo mejor, aunque no por respeto genuino. Lo hicieron por los rumores. Pensaban que había tenido amoríos con una loba mayor del Oeste. Eso bastó para convertirlo, ante ellos, en alguien “digno”.
No supieron nada.
No entendieron nada.
Y él no sintió ganas