Mundo ficciónIniciar sesiónEl segundero del reloj avanzaba por la tarde mientras Mauricio esperaba en la lujosa sala de recepción de uno de los salones de belleza más exclusivos y caros de Miami. El lugar era impresionante, con paredes de mármol blanco, grandes espejos con luces perfectas y un aroma a flores frescas y productos de alta gama. Mauricio había reservado todo el lugar de manera privada para que Verónica estuviera cómoda y nadie pudiera molestarla.
Mauricio caminaba de un lado a otro sobre la alfombra elegante, vistiendo su traje gris sin el saco, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Estaba impaciente. Habían pasado más de tres horas desde que dejó a Verónica en manos de los mejores estilistas de la ciudad. Aunque él sabía perfectamente que ella era una mujer hermosa, la curiosidad y una extraña emoción en el pecho lo tenían bastante inquieto. De repente, una de las puertas de cristal del fondo se abrió despacio. El estilista principal salió primero, miró a Mauricio con una sonrisa de orgullo y le hizo un gesto con la mano para indicarle que ya todo estaba listo. Fue en ese instante cuando Verónica apareció, caminando con paso firme sobre el suelo de mármol, y el mundo de Mauricio se detuvo por completo. El atractivo abogado se quedó mudo, con la respiración contenida y los ojos verdes fijos en la mujer que avanzaba hacia él. El impacto visual fue tan fuerte que sintió un vuelco salvaje en el corazón. Quedó completamente fascinado por su belleza. Sabía que Verónica era guapa, lo había notado desde el primer día en la cárcel a pesar del feo overol naranja, pero verla ahora, saliendo de ese salón totalmente transformada, era algo de otro planeta. Verónica había cambiado por completo. El cabello castaño y descuidado que antes llevaba amarrado en una trenza aburrida ahora lucía espectacular. Se lo habían cortado en capas perfectas que caían con suavidad y movimiento sobre sus hombros, con un brillo sedoso y unos reflejos dorados que hacían resaltar el color de su piel. El maquillaje era sutil pero impecable; sus ojos color miel ya no se veían cansados ni apagados por el dolor del encierro, sino que brillaban con una fuerza, una elegancia y una sensualidad que Mauricio nunca antes había visto en ella. Los labios llevaban un tono natural que la hacía ver sumamente distinguida. Pero lo que realmente lo dejó sin aliento fue cómo le quedaba la ropa que habían comprado esa misma mañana. Verónica llevaba un vestido entallado de color verde esmeralda que abrazaba sus curvas a la perfección, demostrando que a pesar de los cuatro años de sufrimiento en prisión, su cuerpo seguía siendo escultural. El diseño tenía un escote elegante y una caída que estilizaba su figura de una manera impresionante. Calzaba unos zapatos altos de tacón fino que la hacían ver más alta, imponente y segura de sí misma. Caminaba con una gracia natural, como si toda la vida hubiera pertenecido a la alta sociedad. Verónica se detuvo a solo unos pasos de él, justo en medio de la lujosa recepción del salón. Al ver la mirada fija y sorprendida de Mauricio, una ligera capa de timidez cruzó por su rostro, pero de inmediato se obligó a mantener la frente en alto. Se miró las manos, que ahora lucían una manicura perfecta, y luego clavó sus ojos miel en el abogado, esperando su reacción. —¿ Y bien? —preguntó Verónica con una voz suave pero firme—. ¿Qué te parece, Mauricio? ¿De verdad luzco como una persona diferente? Mauricio tardó unos segundos en poder reaccionar. Tragó saliva y dio un paso hacia ella, acortando la distancia que los separaba. Su mirada verde recorrió cada detalle de su rostro, completamente hechizado por la mujer que tenía enfrente. El aire en el salón se volvió espeso, lleno de una tensión romántica que comenzaba a crecer entre los dos cada vez que se miraban. —Estás... estás hermosa, Verónica —consiguió decir Mauricio, con una voz ronca que delataba lo afectado que estaba por su presencia—. Decir que luzces diferente es poco. Estás espectacular. Te juro que soy totalmente sincero. Al escuchar sus palabras, Verónica sintió un calor muy agradable en el pecho. La confianza que poco a poco iba construyendo con Mauricio se afianzó todavía más en ese momento. Ver la admiración tan sincera en los ojos de este hombre tan atractivo y exitoso la hacía sentirse viva de nuevo. Le devolvía la autoestima que Rodrigo se había encargado de pisotear durante años. —Gracias, Mauricio —dijo ella, regalándole una sonrisa, una sonrisa que reflejaba que el hielo en su corazón se estaba derritiendo, al menos cuando estaba con él—. Todo esto es gracias a ti. Tú me devolviste las ganas y las herramientas para ser yo misma otra vez. —No, Verónica. La belleza, la clase y la fuerza ya estaban dentro de ti, yo solo te ayudé a encontrar el lugar adecuado para sacarlas a la luz nuevamente —respondió Mauricio, acercándose un poco más, olvidándose por completo de la distancia profesional. La cercanía de Verónica, el aroma de su nuevo perfume floral y la forma en que el vestido esmeralda contrastaba con sus ojos lo estaban volviendo loco. En ese instante, Mauricio supo que estaba irremediablemente perdido por ella. Ya no se trataba solo de ganar un caso judicial o de vengarse del pasado; ahora su motor principal era el deseo profundo de proteger a esa mujer y ganarse su amor. Verónica se giró hacia uno de los enormes espejos de la recepción para verse por primera vez por completo. Al contemplar su propio reflejo, se le escapó un suspiro ahogado. Las lágrimas quisieron salir de sus ojos al recordar todo lo que había sufrido, pero se tragó el llanto de inmediato. Ya no era tiempo de llorar. La mujer rota, asustada y vestida con ropa de prisión había desaparecido en ese salón. En su lugar estaba una Verónica Alcázar renovada, una mujer que usaría su belleza y su inteligencia como un arma de guerra. Se dio la vuelta hacia Mauricio con una mirada decidida. Estoy lista, Pero te necesito. .






