Capitulo 25: ¡No Mas! Gabriela No Resiste.

Mientras la tranquilidad reinaba en Miami, Rodrigo regresaba a la mansión de Nueva York. El enorme reloj de la sala marcaba la medianoche cuando cruzó la puerta principal. Su rostro reflejaba el cansancio y la tensión de haber ordenado dos muertes esa mismo día.

Antes de ir a su recámara, caminó con pasos silenciosos hacia la habitación de Santiago. Entró despacio, guiado por la tenue luz nocturna. Se acercó a la cama donde el pequeño dormía profundamente y se inclinó para darle un suave beso en la mejilla. Para Rodrigo, ese niño era su posesión más valiosa, el trofeo que demostraba su éxito.

Tras asegurarse de que su hijo descansaba, Rodrigo salió y se dirigió a la habitación principal que compartía con Gabriela. Al entrar, la encontró sentada frente al espejo de su tocador, con la mirada perdida en la nada.

Rodrigo se quitó el saco con violencia, lo tiró sobre una silla y la miró fijamente a través del reflejo del vidrio. Soltó un suspiro de fastidio que rompió el silencio del cuarto.

—Últimamente estás muy descuidada, Gabriela —le reclamó con tono frío y cortante—. Ya ni siquiera te arreglas cuando llego. Parece que estás muerta en vida.

Gabriela no le respondió nada. Siguió mirando el espejo, ignorando por completo su presencia, lo que enfureció aún más al empresario.

—Te estoy hablando, Gabriela. Mírame cuando te hablo —insistió Rodrigo, dando un paso hacia ella—. Quiero verte más atractiva para mí. Eres mi esposa, la mujer de Rodrigo De La O, y tienes que lucir perfecta ante el mundo y en esta casa. No tolero este abandono tuyo. Me das vergüenza.

Cansada de las humillaciones de tantos años, Gabriela se levantó de la silla del tocador de un golpe. Se giró para darle la cara, con una firmeza que nunca antes había mostrado. La rabia acumulada le encendió la mirada.

—Yo ya no quiero seguir siendo tu mujer, Rodrigo —le respondió con la voz temblando por el dolor, pero con total determinación—. Ya no puedo fingir más esta mentira de matrimonio. Esto se acabó.

Rodrigo soltó una carcajada seca y llena de burla, aunque sus ojos reflejaban una furia peligrosa.

—¿Que se acabó? ¿Te volviste loca? Tú no decides nada en esta casa, Gabriela. Tú estás aquí para cumplir mis órdenes, no para armarme berrinches de niña consentida.

—¡Estoy harta de tus amenazas y de tus mentiras! —gritó Gabriela, perdiendo los estribos por primera vez—. ¡Harta de vivir con un monstruo! No me importa tu dinero, no me importa tu apellido. Ya no te amo, Rodrigo. Me das asco. Cada vez que me tocas siento que me muero por dentro. ¡Quiero que me dejes libre!

El insulto golpeó el orgullo de Rodrigo. El empresario se impacientó por completo al escucharla. Los ojos se le llenaron de odio al ver que su propia esposa intentaba desafiarlo el mismo día en que todo su mundo parecía tambalearse por la liberación de Verónica. Sin pensarlo, avanzó hacia ella como un depredador y la tomó fuertemente por los brazos, apretándola con una brusquedad tremenda.

—¡Suéltame, Rodrigo! ¡Me estás lastimando, suéltame! —chilló Gabriela, intentando zafarse del agarre, pero la fuerza de él era muy superior.

—¡Cállate de una buena vez! —le siseó Rodrigo, sacudiéndola con rabia y acercando su rostro al de ella—. Escúchame bien, Gabriela. Si crees que te voy a dar el divorcio, estás totalmente equivocada. De esta casa no te vas. Tú eres mía, eres mi esposa ante la sociedad y vas a seguir jugando tu papel de mujer perfecta hasta el día en que yo me muera.

—¡No lo voy a hacer! —le gritó ella en la cara, llorando de la pura impotencia—. ¡Le voy a decir a todos lo que hiciste! ¡Voy a gritar la verdad!

—Si abres la boca, te juro que te destruyo, Gabriela —la amenazó Rodrigo con una voz gélida que le heló la sangre—. Te quito todo, te quito cada centavo y te mando a la calle con la ropa que llevas puesta, y no solo a ti, también a tus inútiles padres que me deben hasta el nombre, no eres nadie sin mí. Así que te aguantas, te limpias las lágrimas y mañana te quiero ver sonriendo a mi lado.

Rodrigo la empujó suavemente hacia atrás, haciendo que ella tropezara con la silla del tocador. Gabriela lo miró desde abajo, respirando con agitación, sintiendo el dolor físico en sus brazos pero dándose cuenta de que el monstruo con el que compartía su vida ya no le causaba el mismo temor. El odio mutuo había roto la fachada de la familia perfecta para siempre.

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