Capitulo 26: No Deben Perder Más Tiempo

A la mañana siguiente, el sol iluminaba los grandes ventanales del prestigioso bufete de abogados de Mauricio en el centro de Miami. Mauricio llegó temprano, vistiendo un traje impecable, pero con la mente puesta en la promesa de la noche anterior. No había olvidado la petición de Verónica.

Sin perder tiempo, caminó por el pasillo principal y entró directamente a la oficina de su mejor amigo y uno de los abogados más brillantes de la firma: Eduardo Florer.

Eduardo estaba revisando unos documentos en su escritorio cuando vio entrar a Mauricio. Al notar la seriedad en el rostro de su amigo, dejó los papeles a un lado y le hizo una seña para que se sentara.

—Buenos días, Mauricio —dijo Eduardo con tono tranquilo—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano? Últimamente estás llegando tarde.

—Buenos días, Eduardo. Vengo a pedirte un favor personal —respondió Mauricio, sentándose frente a él—. Necesito que te encargues de un caso de inmediato. Quiero que asumas la defensa de una mujer llamada Martha Durante que está encerrada en la cárcel de Miami.

Eduardo se acomodó en su silla, mostrando interés, y tomó una libreta para apuntar.

—De acuerdo. Cuéntame los detalles del caso de la señora Durante —pidió Eduardo—. ¿De qué se le acusa? ¿Qué tipo de pruebas hay en su contra? Necesito saber con qué presupuesto contamos para armar la estrategia de defensa.

Mauricio negó con la cabeza de inmediato, siendo muy claro.

—No hay presupuesto, Eduardo. Esa mujer no tiene un solo centavo para pagar nuestros honorarios. No cobrarás nada por este trabajo.

Eduardo arqueó las cejas, completamente sorprendido. La firma era una de las más caras del país y no solían trabajar gratis.

—¿Un caso sin cobrar? ¿Igual que el de Verónica Alcázar? —preguntó Eduardo, confundido—. ¿Por qué te interesa tanto defender a esta otra mujer?

—Tómalo como un acto de agradecimiento —explicó Mauricio con voz firme—. Martha fue la compañera de celda de Verónica durante estos cuatro años. Fue la única persona que la cuidó allá adentro. Pero lo más importante es que, gracias a ella, yo obtuve el conocimiento del expediente de Verónica. Gracias a Martha descubrimos la pista que nos ayudó a sacarla libre. Se lo debemos.

Eduardo escuchó con atención, cerró su libreta de notas, se inclinó hacia adelante en el escritorio y miró fijamente a Mauricio a los ojos. Conocía a su amigo desde hacía años y notaba algo diferente en su mirada.

—Mauricio, te conozco perfectamente —dijo Eduardo sin rodeos—. Esto ya no es solo un favor profesional. Dime la verdad, ¿acaso estás enamorado de esa mujer?.

La pregunta directa golpeó a Mauricio por sorpresa. Por un segundo se quedó mudo, sintiendo que el cuarto se volvía pequeño. Trató de mantener su postura seria y se acomodó el cuello de la camisa.

—No digas tonterías, Eduardo —negó Mauricio de inmediato, forzando una sonrisa—. Verónica es mi clienta y una mujer que sufrió una gran injusticia. Eso es todo.

—Está bien, si tú lo dices —respondió Eduardo, no muy convencido, pero aceptando el trabajo—. Pásame los datos de Martha. Hoy mismo mandaré a revisar su expediente para sacarla de ahí.

—Gracias, Eduardo —dijo Mauricio, poniéndose de pie.

Mauricio caminó de regreso hacia su propio despacho. Al cerrar la puerta y quedarse solo en el silencio de su oficina, se detuvo a mirar la ciudad a través del gran ventanal. Sabía que le había mentido a su mejor amigo. Sabía perfectamente que, en el fondo de su alma, lo que acababa de negar no era del todo cierto. Verónica se le había metido bajo la piel y estaba empezando a sentir algo muy profundo por ella que ya no podía controlar.

Estando en su oficina, su celular suena, era uno de sus contactos en la policía federal.

— ¿Comandante Soler?.

— Le tengo noticias, acabamos de encontrar el cuerpo sin vida del ex juez de Miami Alberto Méndez en la suite de un hotel de lujo aquí en New York.

— ¡No puede ser! ¡Infeliz Rodrigo De La O!.

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