Capitulo 27: Huyendo

A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol entraron por los grandes ventanales de la mansión, pero el ambiente dentro de la casa seguía sintiéndose pesado. Después de la terrible discusión de la noche anterior, Gabriela abrió los ojos y se sentó en la cama. No había podido dormir casi nada, pero no sentía cansancio; al contrario, una fuerza nueva corría por sus venas. Despertó completamente decidida. Tenía la mente clara y el corazón firme: no iba a pasar ni un solo día más al lado del hombre que para ella se había convertido en un auténtico monstruo.

Miró el lado vacío de la cama y sintió un gran alivio al darse cuenta de que Rodrigo ya se había levantado. Sabía que tenía que moverse rápido y con mucha inteligencia si quería salir viva de ese infierno.

Gabriela se vistió de prisa, se lavó la cara y salió de la recámara principal con pasos silenciosos. Caminó directamente hacia la habitación de Santiago. Al entrar, encontró a la niñera ordenando la ropa del pequeño, mientras el niño jugaba tranquilo en un rincón con sus carritos.

Gabriela se acercó a la empleada, la tomó suavemente del brazo y la llevó hacia una esquina del cuarto para que el niño no escuchara su conversación. La niñera notó de inmediato la palidez y los ojos decididos de su patrona.

—Necesito que me ayudes —le pidió Gabriela en un susurro apresurado—. Por favor, prepárame una pequeña maleta con ropa para Santiago y algo indispensable para mí. Hazlo con cuidado, que nadie en la casa se dé cuenta de lo que estás guardando.

La niñera la miró con sorpresa y un poco de temor, pero al ver la desesperación contenida en los ojos de Gabriela, asintió con la cabeza sin hacer preguntas. Sabía perfectamente que las cosas en esa casa no estaban bien. Mientras la empleada metía la ropa de prisa en un bolso de mano discreto, Gabriela se acercó a Santiago y lo llenó de besos, tratando de disimular los nervios que la hacían temblar por dentro.

El siguiente paso era el más difícil: esperar. Gabriela se asomó por la ventana del pasillo y se quedó escondida detrás de las cortinas, vigilando la entrada principal de la propiedad. Fueron minutos eternos, donde el corazón le latía con fuerza en el pecho. Finalmente, vio salir a Rodrigo vistiendo su traje elegante. El hombre subió a su auto con el rostro serio y los guardaespaldas le abrieron el enorme portón de hierro para que se marchara hacia su oficina.

En cuanto el auto de Rodrigo se perdió de vista en la calle principal, Gabriela supo que era su momento de actuar. Tomó a Santiago de la mano, agarró la pequeña maleta que la niñera le había preparado y bajó las escaleras a paso firme.

Al cruzar la puerta de la mansión para salir al jardín, el jefe de seguridad de la casa se interpuso en su camino de inmediato, mirándola con desconfianza. Los hombres de Rodrigo tenían órdenes estrictas de vigilar cada movimiento de la señora de la casa.

—Buenos días, señora Gabriela —dijo el guardia, cruzándose de brazos—. El señor no nos dejó ninguna orden de que usted fuera a salir hoy. ¿A dónde lleva al niño?

Gabriela respiró profundo, tragó saliva y obligó a su rostro a mostrar una sonrisa tranquila y natural. Sabía que tenía que engañar a los guardaespaldas por completo si quería cruzar esa reja.

—Buenos días —respondió Gabriela con una voz firme y relajada, sin mostrar ni una pizca de miedo—. El niño va a su cita normal con el pediatra, ya la teníamos programada desde el mes pasado. Además, llevamos esta maleta llena de juguetes para regalar a los niños enfermos en la clínica. Santiago quería tener un buen detalle hoy.

El guardaespaldas miró la pequeña maleta que Gabriela llevaba en la mano y luego miró al pequeño Santiago, quien sonreía inocentemente sin entender el peligro de la situación. La mentira era perfecta y tenía sentido. El guardia dudó por un par de segundos, pero al ver la seguridad con la que hablaba la esposa de su jefe, decidió no hacer más preguntas para no buscarse problemas con Rodrigo.

—Está bien, señora. Deje que uno de nuestros choferes los lleve en la camioneta blindada —ofreció el hombre de seguridad, dando un paso hacia el auto.

—No, gracias. Prefiero manejar yo misma —lo interrumpió Gabriela de inmediato, manteniendo la calma—. Hace un día muy bonito y quiero pasar un tiempo a solas con mi hijo antes de la revisión médica. No se preocupen, regresaremos en un par de horas.

El guardia asintió, caminó hacia el portón y presionó el botón para abrirlo de par en par.

Gabriela caminó hacia su propio automóvil, acomodó a Santiago en el asiento trasero con el cinturón de seguridad y puso la pequeña maleta en la cajuela. Se subió al asiento del conductor, encendió el motor y aceleró despacio, pasando frente a los ojos de los vigilantes.

En cuanto el auto cruzó la enorme reja de hierro y salió a las calles principales de Nueva York, Gabriela miró por el espejo retrovisor y vio cómo el portón de la mansión se cerraba detrás de ella. En ese mismo instante, las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a rodar por sus mejillas, pero esta vez no eran lágrimas de dolor, sino de pura libertad. Había dejado atrás al monstruo de Rodrigo, llevaba al niño con ella y estaba lista para desaparecer antes de que su esposo descubriera que lo había engañado.

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