Capitulo 30: Un Beso Apasionado

Mauricio llegó al apartamento de Miami con el tiempo justo para recoger a Verónica y salir directo hacia el aeropuerto. El auto que los llevaría a la terminal ya estaba esperando abajo. Mauricio vestía una sudadera comoda, listo para enfrentar la batalla legal en Nueva York, pero en cuanto Verónica le abrió la puerta, su instinto de abogado y su atención de hombre se encendieron de inmediato.

La encontró sumamente nerviosa. Verónica caminaba de un lado a otro por la pequeña sala, con las manos temblorosas y el rostro pálido. La maleta que se supone debía estar lista y cerrada junto a la puerta, continuaba abierta a la mitad sobre el sillón, con apenas unas cuantas prendas adentro. Verónica no había podido avanzar nada en la última hora; simplemente no había podido quitarse esa espantosa opresión del pecho que le quitaba el aire.

Mauricio cerró la puerta detrás de él, dejó su bolso en el suelo y se acercó a ella con paso rápido, mostrando una profunda preocupación en la mirada.

—Verónica, ¿qué te pasa? —le preguntó Mauricio, buscando sus ojos—. Mírame, estás temblando. ¿Recibiste alguna llamada? ¿Qué pasa?.

Verónica se detuvo en seco, llevó una de sus manos hacia su corazón y miró a Mauricio con los ojos cargados de una angustia desgarradora. La respiración se le cortaba.

—No, no he recibido ninguna llamada, Mauricio... pero me duele aquí adentro —respondió Verónica con la voz entrecortada, apretando su propio pecho—. Es una opresión horrible que no me deja respirar desde hace rato. Estoy completamente segura de que algo malo está sucediendo con mi hijo. No sé qué es, pero como madre lo siento en el alma. Santiago está en peligro, Rodrigo le está haciendo algo o algo pasó en esa casa. Te lo juro, Mauricio, este presentimiento no es normal.

Mauricio escuchó con atención el dolor de Verónica. Sabía perfectamente por todo lo que ella había pasado estos cuatro años de encierro, alejada de lo que más amaba, y entendió que los nervios de viajar a Nueva York para confrontar a su ex le estaban jugando una mala pasada. Con mucha delicadeza, dio un paso más hacia ella para tratar de tranquilizarla. No quería verla desmoronarse justo ahora que debían ser más fuertes que nunca.

—Tranquila, Verónica, por favor, trata de respirar profundo —le dijo Mauricio con una voz sumamente suave y protectora—. Sé que tienes miedo, sé que la tensión de viajar a esa ciudad para reclamar legalmente a Santiago es muy difícil para ti después de haberlo perdido todo, Pero tienes que calmarte. Tu hijo está bien y en unas pocas horas estaremos allá para recuperarlo. Rodrigo no sabe que vamos en camino, no tiene motivos para hacerle nada al niño.

—¡Tú no lo entiendes, Mauricio! —insistió Verónica, dejando caer un par de lágrimas por sus mejillas—. Esta opresión no es por miedo a Rodrigo, es algo que me quema por dentro. Siento que mi hijo me está llamando, siento que me necesita ahora mismo.

Al verla llorar de esa manera tan desesperada, Mauricio no pudo contenerse más. Olvidó por completo el rol de abogado frío y formal, y se dejó llevar por el inmenso cariño y la admiración que llevaba semanas guardándose en el fondo de su alma. dio un paso definitivo, estiró los brazos y la rodeó con fuerza, atrayéndola hacia su cuerpo.

Verónica, al sentir el calor del abrazo de Mauricio, no se resistió. Al contrario, se aferró a sus brazos de la misma manera en que un náufrago se aferra a una tabla de salvación. Escondió el rostro en el hombro de él y se dejó sostener, sintiendo por primera vez en cuatro años que había un lugar seguro en el mundo donde podía descargar su dolor.

Mauricio la abrazó con una ternura tremenda, acariciándole el cabello con una mano mientras con la otra la presionaba contra su pecho, tratando de transmitirle toda la paz, la seguridad y la fuerza que ella necesitaba. El silencio se apoderó de la sala del apartamento. Los dos cuerpos se acoplaron a la perfección y, poco a poco, los sollozos de Verónica comenzaron a calmarse gracias al latido constante del corazón de Mauricio.

Sin embargo, la cercanía física empezó a transformar el ambiente. El aire entre los dos se volvió denso, pesado y cargado de una electricidad que ya no se podía ocultar. Mauricio sintió la respiración de Verónica contra su cuello y un impulso incontrolable lo dominó. Despacio, fue alejando el rostro de ella solo unos centímetros, obligándola a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron a muy corta distancia. Verónica vio en las pupilas de Mauricio una devoción y un deseo tan puros que se quedó sin aliento.

Ninguno de los dos lo planeó. Ninguno de los dos lo pensó. Fue el calor del momento, la soledad compartida, la adrenalina del viaje y los sentimientos ocultos que finalmente rompieron la barrera profesional. Mauricio bajó la mirada hacia los labios de Verónica y se inclinó por completo.

El abrazo terminó convirtiéndose en un largo beso apasionado.

Fue un beso profundo, intenso, lleno de una necesidad contenida durante mucho tiempo. Mauricio la besó con una entrega total, demostrándole sin palabras todo lo que sentía por ella, mientras sus manos bajaban por su espalda para sostenerla con firmeza. Verónica, arrastrada por la oleada de emociones y por el deseo de sentirse viva tras tantos años de oscuridad en la cárcel, le correspondió el beso con la misma intensidad durante unos eternos y mágicos segundos, perdiéndose por completo en los brazos del hombre que juro hacer justicia por ella.

Pero la realidad no tardó en golpear la mente de Verónica. De repente, el recuerdo de su hijo Santiago, la imagen de su pasado destruido y la enorme culpa de estar besando a su abogado defensor aparecieron en su cabeza como un balde de agua fría.

Verónica reaccionó bruscamente justo en medio del beso. Apoyó las palmas de sus manos en el pecho de Mauricio y lo empujó suavemente hacia atrás, rompiendo el contacto de sus labios de golpe. Se llevó una mano a la boca, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la confusión, mientras su respiración estaba totalmente agitada.

Mauricio dio un paso atrás, completamente apenado y dándose cuenta del error que acababa de cometer al romper los límites profesionales.

—No... Mauricio, por Dios, esto no... esto no podía ser —le dijo Verónica con la voz temblando, negando con la cabeza mientras daba unos pasos hacia atrás—. Perdóname, pero yo no puedo. No puedo hacer esto. Mi mente, mi vida entera está enfocada en recuperar a mi hijo. No tengo espacio para nada más, mi corazón está muerto para el amor. No debimos hacer esto.

Mauricio guardó silencio por un momento, mirando al suelo con total arrepentimiento. Se acomodó la chaqueta, respiró profundo y volvió a mirarla con una expresión de absoluta seriedad y respeto, asumiendo toda la culpa del arrebato.

—No, Verónica, la culpa es mía. Por favor, discúlpame —le pidió Mauricio con un tono de voz lleno de sinceridad y vergüenza—. Me dejé llevar por el momento y por verte sufrir de esa manera. Fui un completo imprudente, se perfectamente que eso no debio suceder. Te pido una disculpa de todo corazón.

Verónica lo miró, aún nerviosa, pero notando la nobleza en las palabras del hombre que la había sacado del infierno.

—Te juro que esto no volverá a suceder —continuó Mauricio con firmeza, dándole su palabra de honor—. De aquí en adelante volveremos a ser únicamente el abogado y la clienta que van a Nueva York a destruir a Rodrigo de la O. Te prometo que voy a respetar tu espacio y tus decisiones. No te confundas por lo que acaba de pasar, mi compromiso contigo para recuperar a tu hijo sigue intacto.

Verónica asintió despacio, tragándose el nudo que tenía en la garganta.

—Gracias, Mauricio. Sé que eres un hombre de palabra —respondió ella en un susurro, tratando de recuperar la compostura—. Es mejor que cerremos la maleta y nos vayamos ya. El tiempo corre.

Mauricio asintió, tomó su bolso del suelo y esperó junto a la puerta mientras Verónica, con las manos todavía un poco trémulas, terminaba de cerrar su equipaje. El beso había quedado atrás como un secreto flotando en el aire, pero la tensión entre ambos era innegable mientras se preparaban para abordar el avión que los llevaría directo al peligro de Nueva York.

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