Mundo ficciónIniciar sesiónMinutos después de colgarle a los guardias, el celular de Rodrigo volvió a sonar sobre el escritorio. Al ver la pantalla, contestó de inmediato con el rostro desencajado por la tensión. Era el hombre que había enviado a Miami para encontrar a Verónica y asesinarla.
Rodrigo esperaba recibir buenas noticias que calmaran su desesperación, pero la voz al otro lado de la línea solo aumentó su tormento. —Jefe, lo llamo para decirle que no tengo ninguna pista de ella —soltó el hombre al otro lado de la línea. —¡¿Cómo que no tienes pistas?! —exclamó Rodrigo, apretando los dientes con rabia. —He estado moviéndome y preguntando por ella a los guardias de la cárcel. Les he dado buen dinero en efectivo para que hablen, pero nadie sabe dónde está —explicó el hombre—. Salió de la prisión en un auto privado y no dejaron registro. Es muy difícil encontrarla en una ciudad tan grande como Miami sin una dirección exacta. Al escuchar aquello, Rodrigo enfureció por completo. Volvió a golpear el escritorio y descargó su frustración a través del teléfono. —¡Eres un maldito inútil! —le gritó Rodrigo con desprecio—. ¡Te pagué para que hicieras un trabajo rápido, no para que me dieras excusas! Al escuchar el insulto, el hombre se enojó del otro lado de la línea. Su tono de voz cambió, volviéndose serio y firme, dejando claro que no se iba a dejar pisotear. —Mire, jefe, a mí no me hable así —le respondió el hombre, cortando sus gritos—. Yo no soy uno más de sus empleados, de esos que le aguantan todas sus humillaciones en su oficina. Si usted quiere que yo haga mi trabajo no solo tiene que enviarme mas dinero, si no que le sugiero que baje su tono, yo se mucho....De usted, mas de lo que cree. Rodrigo apretó el teléfono con fuerza, tragándose el orgullo ante el freno que le acababan de poner. Sabía que, con Gabriela huyendo en Nueva York y Verónica escondida, no podía perder al único hombre capaz de hacer el trabajo sucio que otros no harías. —Está bien —respondió Rodrigo, controlando su tono de voz—. Te enviaré el dinero en efectivo hoy mismo. Pero muévete y encuéntrala antes de que sea tarde, porque no te creas tan importante conmigo. —Entendido, jefe. En cuanto reciba el efectivo, sigo con la búsqueda, si vio como podemos entendernos —contestó el hombre antes de colgar la llamada. Rodrigo tiró el celular sobre el escritorio, respirando con agitación, sintiéndose cada vez más acorralado en medio de su propio despacho. Después de tomar aire y tragar el trago amargo de la llamada, Rodrigo salió de su oficina a toda prisa, con el rostro desencajado por la furia. Su secretaria se levantó de inmediato con unos documentos en la mano e intentó detenerlo para pedirle una firma, pero él pasó de largo con paso violento, dejándola con la palabra en la boca. Rodrigo no tenía tiempo que perder. Él mismo tenía que ir por Gabriela y recuperar a su hijo. Mientras caminaba a zancadas por el pasillo, empezó a analizar la situación. Estaba seguro de que su esposa se habría refugiado en la casa de sus padres en Nueva Jersey; después de todo, ella no tenía amigos de confianza ni otro lugar adonde ir a esconderse. Mientras bajaba en el ascensor hacia el estacionamiento para buscar su auto, sacó su teléfono secundario y llamó directamente a su ejecutivo de cuenta en el banco. —Bloquéame de inmediato todas las tarjetas de crédito y las cuentas asociadas a nombre de Gabriela —ordenó Rodrigo con voz gélida al empleado, mientras subía a su vehículo—. Quiero todas sus cuentas congeladas ahora mismo. Tenía que dejarla por completo sin recursos económicos. Sabía que sin dinero en los bolsillos, Gabriela no podría ir muy lejos con el niño y se vería obligada a volver con las manos arriba. Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de distancia, en la ciudad de Miami, Verónica sintió una opresión horrible en el pecho. El dolor fue tan agudo que le faltó el aire por un segundo. Se llevó una mano al corazón, completamente segura de que esa angustia repentina era una señal relacionada con su pequeño hijo Santiago. El lazo de madre no le mentía: algo grave estaba pasando con él. El fuerte presentimiento la obligó a detenerse en seco. En ese instante, Verónica se encontraba frente a su cama, empacando su ropa en una maleta para iniciar, junto a Mauricio, el viaje de a Nueva York. Se quedó mirando fijamente el equipaje, con el corazón latiéndole a mil por hora, sabiendo que el destino la estaba empujando a volver al ojo de la tormenta antes de lo esperado. Por su parte, Gabriela manejaba con el corazón en la boca, mirando constantemente por el espejo retrovisor para asegurarse de que nadie la estuviera siguiendo. Ella no era tonta; conocía perfectamente la mente calculadora de su esposo. Sabía muy bien que el primer lugar donde Rodrigo iría a buscarla sería en la casa de sus padres. Por eso, en lugar de salir de la ciudad, Gabriela decidió refugiarse en un pequeño y discreto hotel del centro de Nueva York. Era un lugar sencillo, alejado del lujo al que estaba acostumbrada, el sitio perfecto para pasar desapercibida. Una vez que estuvo a salvo dentro de la habitación del hotel, con Santiago jugando tranquilo sobre la cama, Gabriela respiró un poco de paz. Lo único que hizo fue tomar el teléfono de la habitación para hacer una llamada muy importante. Marcó el número de la casa de sus padres. En cuanto su madre contestó, Gabriela no la dejó casi ni saludar. —Mamá, escúchame muy bien y no me interrumpas —dijo Gabriela con voz un poco agitada pero firme—. Me fui de la casa con el niño. Si Rodrigo va a buscame allá, o si los llama desesperado, necesito que le digan que empaqué mis cosas y que viajé a Boston. Por favor, mantengan esa mentira cueste lo que cueste. Al escuchar aquellas palabras, los padres de Gabriela se quedaron completamente desconcertados. Su madre, asustada por el tono de su hija, puso la llamada en altavoz para que el padre también escuchara. —¡Gabriela! ¿Te volviste loca? ¿Qué es lo que está pasando? —le preguntaron sus padres al mismo tiempo, con la voz llena de angustia y confusión—. ¿Por qué te escapas de tu esposo? ¿Qué te hizo Rodrigo? A pesar de los ruegos y de la insistencia de sus padres, Gabriela se negó rotundamente a dar explicaciones en ese momento. Sabía que mientras menos supieran ellos, estarían más seguros frente a las amenazas de Rodrigo. —No puedo decirles nada ahora, de verdad. Solo háganme caso y díganle que me fui a Boston —respondió Gabriela con lágrimas en los ojos—. Los amo, pero tengo que colgar. Yo los volveré a llamar cuando esté en un lugar más seguro. Sin darles tiempo a replicar, Gabriela colgó el teléfono de golpe. Se quedó mirando el aparato, abrazando fuertemente a su hijo Santiago contra su pecho. Sabía que acababa de iniciar una guerra peligrosa y que Rodrigo no tardaría en descubrir que sus cuentas estaban congeladas, pero por el momento, había logrado despistarlo.






