Mundo ficciónIniciar sesiónMientras Verónica se preparaba para iniciar su gran transformación en la ciudad de Miami, la tensión en Nueva York se volvía cada vez más insoportable. Rodrigo de la O no había podido pegar el ojo en toda la noche. La noticia de la liberación de su exmujer lo perseguía como una sombra. Desesperado por encontrar respuestas rápidas, usó sus contactos más antiguos y secretos para localizar al hombre que lo había ayudado a armar toda la trampa cuatro años atrás. No iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo su mundo perfecto corría peligro.
Esa misma mañana, Rodrigo citó en un hotel privado y muy exclusivo a las afueras de la ciudad a Alberto Méndez. Este hombre había sido el juez principal encargado de la causa de Verónica en Miami. Había sido el responsable de sellar su destino trágico entre cuatro paredes. Rodrigo caminaba de un lado a otro en la lujosa habitación privada del hotel. Sus pasos eran rápidos y erráticos. Tenía la corbata un poco floja y el rostro desencajado por la falta de sueño y la pura furia. En cuanto la puerta de madera fina se abrió y el exjuez entró al lugar, Rodrigo no esperó ni un segundo para abalanzarse sobre él. Lo miró con los ojos inyectados de rabia, exigiendo una explicación inmediata de lo sucedido. —¡Me tiene que dar una explicación ahora mismo, Alberto! —le gritó Rodrigo, alzando la voz sin importarle los modales—. Hace cuatro años le pagué una enorme cantidad de dinero. Fue una maldita fortuna depositada en una cuenta oculta en el extranjero para que encerrara injustamente a Verónica Alcázar. Le pagué para que la dejara refundida en esa celda para siempre, sin derecho a nada. ¡Y ahora resulta que la mujer está libre en la calle! ¿Qué demonios pasó con nuestro trato? Alberto Méndez, quien se había retirado de su alto cargo justo el mismo año en que encerraron a Verónica para disfrutar de los millones que Rodrigo le había dado, no se alteró por el grito. Caminó con mucha calma y elegancia hacia el sillón del cuarto. Se sentó despacio, se acomodó los lentes y miró al empresario con una mezcla de paciencia y respeto. A pesar de los años, Méndez sabía perfectamente con quién estaba tratando y el poder que Rodrigo manejaba. —Por favor, cálmese, señor De la O. Le pido que no me levante la voz —respondió el exjuez con un tono de voz muy educado, pausado y tratándolo de usted con total formalidad—. Yo entiendo perfectamente su molestia y su preocupación, pero le aseguro que yo hice exactamente lo que me correspondía en su momento. Cumplí con mi parte del trato al pie de la letra, tal y como lo acordamos en Miami. —¡Si hubiera cumplido su parte, esa mujer no estaría libre hoy! —reclamó Rodrigo, dándole un fuerte golpe a la mesa de centro, haciendo que la taza de cortesía vibrara. —Escúcheme bien, señor De la O —continuó el exjuez Méndez, manteniendo los modales intactos—. Yo usé todas las pruebas falsas que la gente de su confianza me entregó. Rechacé cada solicitud de fianza, ignoré las cartas de su abogado de oficio y firmé la condena más alta que la ley me permitía en ese momento. Durante cuatro años, yo mantuve ese caso cerrado con candado. Nadie pudo tocarlo mientras yo estuve al frente del tribunal. —¡Entonces explíqueme por qué un juez federal firmó su liberación ayer por la mañana! —rugió Rodrigo, cruzándose de brazos, esperando una respuesta lógica. El exjuez soltó un suspiro pesado y negó con la cabeza de manera suave, demostrando respeto pero también cansancio ante la situación. —No es mi culpa que sus técnicos informáticos hayan cometido errores señor De la O. El nuevo abogado que tomó el caso de Verónica Alcázar no es ningún tonto de pueblo. Estamos hablando de Mauricio Strikler, el dueño de uno de los bufetes más poderosos de todo el país. Ese hombre mandó a su propio equipo de investigadores a revisar cada página del expediente antiguo. Rodrigo frunció el ceño, escuchando con atención el nombre del abogado que Verónica tenía ahora a su lado. —¿Y qué fue lo que descubrió ese infeliz? —inquirió Rodrigo con la voz ronca. —Descubrió que las direcciones de internet que su gente usó para culpar a Verónica de los robos digitales se registraron en Nueva York —explicó el exjuez, mirando fijamente a Rodrigo— Mauricio Strikler presentó la evidencia. Rodrigo apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron completamente blancos. La idea de que Verónica estuviera libre bajo el amparo de la ley federal lo volvía loco de la paranoia. Sintió un sudor frío correr por su nuca. —No me interesa si usted está retirado o si vive en la Luna, Alberto —le exigió Rodrigo, inclinándose hacia el exjuez con una mirada cargada de malicia y amenaza—. Usted conoce perfectamente a la gente con la que trabajaba en los tribunales de Florida. Conoce a los fiscales, conoce a los nuevos jueces. Quiero que mueva todas sus influencias hoy mismo. Llame a sus viejos amigos, invéntele un nuevo delito a Verónica, siembre pruebas en su contra, haga lo que sea necesario. Pero usted me hace el favor de regresar a esa mujer a la cárcel de inmediato. No puede quedarse en la calle ni un día más. El exjuez Méndez miró a Rodrigo de frente. Por primera vez en la conversación, su rostro se puso serio y firme, perdiendo la ligera sonrisa de cortesía. Se levantó del sillón despacio y se acomodó el saco de su traje costoso. —Eso que usted me está pidiendo es completamente imposible, señor De la O —declaró el exjuez con un tono de voz tajante pero muy respetuoso—. Con todo el respeto que usted se merece, mi respuesta es un no rotundo. —¿Cómo que imposible? ¡Le pagué millones por su silencio y su ayuda! —reclamó el empresario, dando un paso hacia él, sintiéndose traicionado. —Y yo le agradezco mucho la generosidad de sus pagos del pasado, señor De la O —replicó Alberto Méndez con una frialdad educada—. Pero usted me pagó por un trabajo que ya concluyó con éxito en su momento. Ahora las cosas cambiaron. Mauricio Strikler elevó el caso al sistema judicial federal. ¿Sabe usted lo que eso significa? Significa que los ojos del gobierno están puestos sobre ese expediente. Ningún juez local de Miami se va a atrever a meter las manos en ese fuego por usted, por más dinero que les ofrezca. Si intentamos inventar un delito falso ahora mismo, Strikler lo va a descubrir en un segundo. Y si eso pasa, todos terminaremos en una celda de máxima seguridad federal, incluido usted y yo. Rodrigo se quedó callado, sintiendo cómo las palabras del exjuez se clavaban como dagas en su orgullo. —Yo ya tengo mi vida resuelta, señor De la O. Disfruto de mi retiro y de mi tranquilidad —concluyó el exjuez, haciendo una pequeña inclinación con la cabeza en señal de despedida—. No voy a arriesgar mi propia libertad ni mi reputación por un error que cometieron sus propios hombres. La señora Verónica Alcázar está libre bajo la ley federal, y no hay nada que yo pueda hacer para regresarla a prisión. Le aconsejo que acepte la realidad y busque otra manera de solucionar sus problemas. Con su permiso, que tenga un buen día. Sin decir una sola palabra más, el exjuez se dio la vuelta y salió con paso firme de la habitación del hotel, cerrando la puerta detrás de él de manera suave. Rodrigo se quedó estático en medio del cuarto de hotel, completamente solo. Por primera vez en muchos años, sintió que su inmensa fortuna no podía comprar la solución a un problema. El miedo comenzó a mezclarse con su rabia. Si la ley ya no podía encerrar a Verónica, él tendría que encargarse de ella a su manera, usando métodos mucho más oscuros y peligrosos. Su imperio en Nueva York no se iba a caer por culpa de una mujer.






