Capitulo 21: Sin Compasión

Rodrigo llegó a las oficinas de su enorme corporación en el centro de Nueva York como un verdadero torbellino. Entró a su despacho privado dando un portazo que hizo temblar los vidrios y asustó a su secretaria. Estaba completamente furioso. La conversación que había tenido esa misma mañana con el exjuez Méndez en el hotel lo había dejado acorralado, y Rodrigo era un hombre que se volvía sumamente peligroso cuando sentía que perdía el control de las cosas, Rodrigo no conocía la lealtad, por eso tampoco confiaba en nadie.

Se aflojó la corbata con violencia, tiró su maletín de piel sobre el escritorio y comenzó a caminar de un lado a otro. La advertencia del exjuez se repetía en su cabeza una y otra vez: “Verónica Alcázar está libre bajo la ley federal, y no hay nada que yo pueda hacer para regresarla a prisión”. Esas palabras lo hacían desconfiar del hombre que un día fue su cómplice.

—Si la ley no puede volver a encerrarla, entonces la muerte se va a encargar de ella —siseó Rodrigo para sí mismo, con los ojos inyectados de odio, igualmente que a ti Méndez.

Sin pensarlo dos veces, tomó su celular personal, ese que nadie más conocía, y marcó un número que tenía guardado bajo un nombre falso. Iba a llamar a uno de sus hombres de confianza más oscuros. Su nombre era rudo, un criminal sin escrúpulos que no le temía a nada ni a nadie. A este hombre no lo movían las lealtades, ni la piedad, ni el respeto; a él solo lo movía el dinero. Todo el mundo en ese bajo mundo sabía que por una alta suma de dólares, ese maldito sería capaz de matar hasta a su propia madre.

El teléfono sonó tres veces antes de que una voz ronca y fría contestara al otro lado de la línea.

—¿Señor De La O?—dijo el hombre, sin rodeos.

—. Necesito verte de inmediato —ordenó Rodrigo con voz firme y autoritaria—. Te veo en una hora en el pequeño restaurante del callejón del centro. El que está cerca del muelle viejo. No llegues tarde.

—Ahí estaré, jefe. Lleve el maletín lleno —respondió el hombre con una risa seca antes de colgar.

Una hora después, Rodrigo entraba al lugar acordado. Era un sitio apartado, oscuro y muy escondido de la ciudad, un rincón donde los hombres de negocios adinerados nunca ponían un pie, ideal para planear cosas turbias sin levantar las sospechas de la policía. El hombre ya estaba sentado al fondo, en una mesa con poca luz, vistiendo una chaqueta de cuero negra y mirando hacia la puerta con ojos de serpiente.

Rodrigo se sentó frente a él sin saludar. Dejó un sobre grueso de papel sobre la mesa y lo empujó con cuidado hacia el hombre. Adentro había miles de dólares en efectivo, solo como un adelanto de lo que venía.

El criminal tomó el sobre por debajo de la mesa, calculó el peso con las manos y sonrió, mostrando sus dientes amarillos. Sus ojos brillaron con ambición.

—Usted dirá, señor. ¿Quién es el problema esta vez? —preguntó el hombre en voz baja, inclinándose hacia adelante.

Rodrigo lo miró con una frialdad espantosa. El hombre que jugaba a ser el padre perfecto y el empresario exitoso en las revistas había desaparecido por completo; ahora solo quedaba un monstruo dispuesto a todo.

—Tengo dos trabajos para ti —empezó a decir Rodrigo, con una voz gélida—. El primero está aquí mismo, en Nueva York. Alberto Méndez, el exjuez. Se ha vuelto un cobarde y sabe demasiado sobre mis negocios del pasado. Ya no me es útil y se ha convertido en un peligro para mi seguridad. Quiero que lo quites del camino hoy mismo. Hazlo parecer un accidente o un asalto de barrio, no me importa, pero asegúrate de que no vuelva a abrir la boca.

El hombre asintió con la cabeza de manera tranquila, como si le estuvieran pidiendo comprar un periódico.

—Considérelo hecho, jefe. El viejo dejará de respirar antes de que termine la noche —respondió el criminal con total naturalidad—. ¿Y cuál es el segundo trabajo? Por el tamaño de este sobre, imagino que es algo más lejos.

Rodrigo apretó los dientes y sacó una fotografía vieja de Verónica de su bolsillo, poniéndola sobre la mesa.

—Necesito que viajes a Miami. Esta mujer acaba de salir de la cárcel de Florida. Su nombre es Verónica Alcázar. Está libre y quiero que deje de existir —sentenció Rodrigo, golpeando la foto con el dedo—. No quiero que esa mujer ponga un solo pie en Nueva York. No quiero que se acerque a mi familia.Tu misión principal es viajar a Miami, buscarla, cazarla y acabar con Verónica para siempre. Bórrala del mapa.

El hombre tomó la fotografía de Verónica, miró su rostro por unos segundos y luego guardó el papel en su chaqueta, junto con el sobre de dinero. No sintió ni una pizca de compasión por ella, era solo trabajo, dos trabajos igual que los demas.

—Entendido, señor —dijo el hombre poniéndose de pie despacio—. Saldré hacia Miami en el primer vuelo de esta noche, después de mandar al primer cristiano al otro mundo, buscaré a la mujer y me encargaré de que su cuerpo termine en el fondo del mar de Florida, donde nadie la pueda encontrar.

—Hazlo limpio y rápido —advirtió Rodrigo, mirándolo fijamente—. No quiero errores. Si cumples con esto, la otra mitad del dinero estará esperándote, en cuanto me confirmes que ambos están bajo tierra, el dinero será tuyo.

—Usted me conoce, jefe. El dinero compra mi silencio y lealtad. Nos vemos pronto —concluyó el criminal con una sonrisa malvada antes de darse la vuelta y salir del lugar, perdiéndose entre la gente de la ciudad.

Rodrigo se quedó sentado un momento más, terminando su trago. Miró hacia la ventana con una expresión de triunfo. En su mente enferma de poder, creía que con esta orden de sangre había solucionado todos sus problemas. Pensaba que quitando al exjuez y eliminando a Verónica en Miami, su gran mentira sobre el pequeño Santiago estaría a salvo para siempre. Lo que Rodrigo no se imaginaba era que Verónica ya no estaba sola, que no era la misma mujer indefensa de antes, y que Mauricio Strikler estaba listo para defenderla de cualquier monstruo que él enviara.

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