Mundo ficciónIniciar sesiónAl mismo tiempo que Gabriela escapaba de la mansión en Nueva York, la tranquilidad se terminaba en el apartamento de Miami. Verónica escuchó el timbre de la puerta y, al abrir, se encontró con Mauricio. El abogado lucía un semblante serio y decidido, sosteniendo un portafolios de piel entre las manos.
—Verónica, buenos días, espero que hayas descansado.Necesitamos hablar —dijo Mauricio al entrar a la sala. —Pasa, Mauricio. ¿Qué ocurre? —preguntó ella, notando de inmediato la tensión en el rostro del abogado. Mauricio se paró en el centro de la habitación y la miró fijamente, con total profesionalismo pero con una evidente preocupación. —Tengo todo listo para que viajemos a Nueva York —le anunció Mauricio con voz firme—. Los documentos están terminados y tenemos la estrategia armada para establecer formalmente la demanda contra Rodrigo. Vamos a ir por tu hijo y por la justicia que te corresponde. Verónica sintió un vuelco en el estómago. Saber que el momento había llegado, y que ver a Rodrigo nuevamente estaba tan cerca la llenaba de una mezcla de ansias y valor. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, Mauricio dio un paso hacia ella y suavizó el tono de su voz para darle la noticia de lo sucedido con el ex juez. —Pero antes de abordar ese avión, hay algo muy grave que debes saber, Verónica —continuó Mauricio, mirándola con seriedad—. Acabo de recibir un reporte desde Nueva York. El exjuez Méndez fue encontrado muerto anoche. Lo asesinaron. Verónica abrió los ojos de par en par, perdiendo el color en el rostro. El miedo y la sorpresa la dejaron muda por unos segundos. Llevó una mano a su pecho, tratando de asimilar el impacto de la información. —¿El juez Méndez está muerto? —preguntó Verónica con la voz temblando—. Mauricio... ¿fue Rodrigo quien lo asesinó? Mauricio asintió con la cabeza de inmediato, sin rodeos ni vacilaciones en su respuesta. —No hay ninguna duda de eso, Verónica —respondió Mauricio con total seguridad—. La policía lo está manejando como un asalto o un accidente, pero los tiempos son demasiado perfectos. Ese hombre había sido el juez que te había llevado a la cárcel hace cuatro años de manera injusta. Sabía perfectamente cómo se manejó todo el engaño de tu expediente y era el único testigo que podía hundir a Rodrigo en un tribunal. Verónica apretó los puños, sintiendo una furia helada correr por su cuerpo. La crueldad de su ex amante no conocía límites. —Rodrigo lo quitó del camino para que no hablara —siseó Verónica, con los ojos llenos de rabia—. Ese maldito prefiere ver correr sangre antes de perder su dinero y su reputación. Es un monstruo. —Esto cambia las cosas, Verónica —le advirtió Mauricio, dándole un paso al frente para transmitirle seguridad—. Rodrigo ya sabe que estás libre y está desesperado por borrar sus huellas. Matar a un exjuez demuestra que está dispuesto a todo. Nueva York va a ser una zona de guerra muy peligrosa para nosotros, pero no nos vamos a echar para atrás. Ahora más que nunca tenemos que ser inteligentes y actuar rápido para destruirlo antes de que intente hacernos daño a nosotros. Verónica miró hacia la ventana, pensando en su pequeño Santiago. Saber que Rodrigo era capaz de matar solo aumentaba su urgencia por rescatar a su hijo de las garras de ese criminal. La demanda estaba lista, el viaje era inminente, y la batalla final contra Rodrigo de la O estaba por comenzar. En Nueva York. Rodrigo estaba sentado en su escritorio revisando unas finanzas cuando su teléfono personal comenzó a sonar con insistencia. Al ver que se trataba del número de la mansión, contestó de inmediato con su habitual tono frío. Al otro lado de la línea, la voz del jefe de seguridad temblaba de puro miedo. Con torpeza, el hombre comenzó a explicarle que la señora Gabriela había salido de la propiedad hacía más de una hora a bordo de su automóvil, llevando consigo al pequeño Santiago y una maleta. Al escuchar la noticia, Rodrigo se alteró de una manera espantosa. El color se le subió al rostro y los ojos se le inyectaron de sangre por la rabia. Se puso de pie de un salto, tirando la lujosa silla de piel hacia atrás y golpeando el escritorio de madera con el puño cerrado. —¡¿Qué estás diciéndome, pedazo de idiota?! —rugió Rodrigo por el teléfono, perdiendo por completo el control—. ¡Tenían una sola orden! ¡Vigilarla las veinticuatro horas del día! —Señor... ella nos dijo que iba a una cita médica con el pediatra... —intentó excusarse el guardia con voz temblorosa—, y que llevaba juguetes en la maleta para regalar. No sospechamos nada. —¡Basura inservible! —le gritó Rodrigo, insultándolo sin piedad—. ¡Eres un maldito infeliz que no sirve para nada! ¡Te dejé a cargo de la seguridad de mi hijo y te dejaste engañar por una estúpida! ¡Si Santiago no aparece, te juro que vas a terminar bajo tierra! El jefe de seguridad se quedó mudo del terror al escuchar la amenaza de muerte de su jefe, sabiendo perfectamente de lo que Rodrigo era capaz de hacer. —Quiero que muevas a todos los hombres ahora mismo —ordenó Rodrigo, siseando con una voz llena de veneno—. Vayan tras de ella de inmediato. Búsquenla en las terminales, en las autopistas, donde sea. ¡Tráiganme a mi hijo de regreso y a ella me la arrastran de los cabellos si es necesario! —Señor... —tartamudeó el jefe de seguridad, completamente bloqueado—, los guardias no saben dónde buscar. La señora no dejó rastro, no llamó a la clínica y su celular manda directo al buzón. No tenemos ni una sola pista de hacia dónde se dirigió. Nueva York es enorme. Rodrigo soltó una maldición espantosa y colgó el teléfono con violencia, azotándolo contra la mesa hasta que la pantalla se estrelló. La desesperación comenzó a consumirlo por dentro. Sabía que si Gabriela abría la boca o si se aliaba con Verónica ahora que estaba libre, todo su imperio y su libertad se vendrían abajo. Estaba rodeado de inútiles y el tiempo corría en su contra.






