Capitulo 13: ¿Qué Quieres De Mi?

El viaje terminó frente a un edificio discreto en una zona tranquila de South Beach. Mauricio estacionó la camioneta en el garaje subterráneo y guio a Verónica hacia el ascensor. Al llegar al piso cuatro, abrió la puerta de madera y le cedió el paso.

Verónica entró despacio, mirando a su alrededor con atención. Después de haber vivido en el lujoso penthouse de Brickell y de pasar cuatro años en una celda gris, esperaba encontrar un lugar ostentoso. Sin embargo, el apartamento era modesto pero muy cómodo. Tenía una sala pequeña con un sofá de tela gris, una cocina abierta con una barra de madera y un gran ventanal que dejaba entrar la luz de la tarde. No había lujos exagerados, pero todo se veía limpio, cálido y seguro.

—No es un hotel de cinco estrellas, pero aquí nadie te va a buscar —dijo Mauricio, dejando las llaves sobre la barra de la cocina—. Hay ropa limpia en el clóset de la habitación principal, comida en el refrigerador y agua caliente. Puedes usar todo lo que necesites.

Verónica caminó hacia el ventanal y miró hacia la calle. El silencio del apartamento la hacía sentir extraña. Durante cuatro años se había acostumbrado al ruido de las cadenas, los gritos de las guardianas y el azote de las rejas. Estar en un lugar tan pacífico, con un hombre tan atractivo y poderoso cuidando de ella, la hacía ponerse en alerta. Su mente, dañada por la traición de Rodrigo, no podía procesar que alguien hiciera algo por ella de manera gratuita.

Se dio la vuelta despacio y clavó sus ojos color miel en Mauricio. El abogado se había quitado el saco del traje y se estaba remangando la camisa azul, luciendo relajado. Verónica cruzó los brazos sobre el pecho, adoptando una postura defensiva. La desconfianza volvió a apoderarse de ella.

—¿Cómo me va a cobrar todo esto, licenciado Strikler? —preguntó Verónica. Su voz sonó seca, directa y fría.

Mauricio de detuvo y la miró, un poco sorprendido por el cambio tan drástico en su tono de voz. Notó de inmediato cómo ella volvía a poner esa barrera de hielo entre los dos.

—Pensé que ya habíamos pasado la etapa de los títulos, Verónica. Te pedí que me dijeras Mauricio —respondió él con suavidad, manteniendo su distancia para no intimidarla.

—Eso fue en la calle, cuando me ganó la emoción de salir —replicó Verónica, sin bajar la guardia—. Pero ahora estamos aquí. Usted pagó una fianza millonaria, usó sus contactos para sacarme de la cárcel, me trajo a su departamento y me promete una nueva identidad para ir a Nueva York. Un bufete como el suyo no hace beneficencia. Así que dígame la verdad, ¿cuál es su precio? ¿Qué quiere de mí?

Mauricio suspiró despacio y caminó hacia el sofá, pero no se sentó. Se apoyó en el respaldo y la miró con una seriedad absoluta en sus ojos verdes. No había enojo en su rostro, sino una profunda compasión. Él entendía perfectamente por qué ella reaccionaba así. Rodrigo la había usado, la había engañado y le había robado lo más sagrado que tenía. Era normal que Verónica viera trampas en todas partes.

—Entiendo que tengas miedo, Verónica. Y tienes todo el derecho de desconfiar de mí y de cualquier hombre que se te acerque —dijo Mauricio con voz pausada—. Pero ya te lo dije en la cárcel: mi objetivo principal es destruir el imperio financiero de Rodrigo de la O. Él le hizo mucho daño a un amigo de la familia en el pasado y tu caso es la llave perfecta para demostrar ante un tribunal federal cómo opera su empresa. Tú eres mi testigo estrella, no mi empleada.

—¿Solo por eso? ¿Por una vieja deuda de negocios de un amigo de su familia? —inquirió Verónica, dando un paso hacia él, sin creerle del todo—. No me parece suficiente. Los hombres como usted y como Rodrigo siempre quieren algo más. Yo ya no soy la tonta que se cree los cuentos de hadas, licenciado. Si va a querer que me meta en su cama a cambio de su ayuda, prefiero que me lo diga de una vez.

Las palabras de Verónica sonaron dolorosas, pero eran el reflejo de su trauma. Mauricio sintió una punzada de tristeza en el pecho al darse cuenta de lo rota que estaba la confianza de esa mujer.

Mauricio enderezó el cuerpo, dio dos pasos hacia ella y se detuvo a una distancia muy respetuosa. La miró fijamente a los ojos, transmitiéndole toda la honestidad que tenía en el alma.

—Mírame, Verónica —le pidió con voz firme—. Mírame bien. No soy Rodrigo de la O. No compro mujeres, no uso el poder para someter a nadie y jamás te pediría algo que dañe tu dignidad. Mi bufete tiene dinero suficiente para financiar diez casos como el tuyo sin pedir nada a cambio. Te estoy ayudando porque lo que te hicieron es una monstruosidad, y porque tienes el derecho de recuperar a tu hijo. No te voy a cobrar ni un solo dólar, y no quiero nada de ti que tú no quieras darme.

Verónica sostuvo la mirada de Mauricio durante varios segundos. Buscó en sus ojos verdes alguna mentira, un destello de malicia o esa fría arrogancia que tanto recordaba de su ex. Pero no encontró nada de eso. Solo vio una firmeza caballerosa, respeto y algo más... esa misma ternura que vio cuando él la contempló llorar al salir de la cárcel.

Poco a poco, la tensión en los hombros de Verónica comenzó a bajar. Soltó los brazos y desvió la mirada hacia el suelo, sintiéndose un poco avergonzada por haber sido tan dura. Su incapacidad para confiar plenamente la hacía atacar antes de ser atacada.

—Perdone... —susurró Verónica, y su voz volvió a ser la de la mujer vulnerable—. Es que... es muy difícil para mí. Después de lo que pasé, siento que todos tienen una máscara.

—No tienes que pedir perdón —respondió Mauricio, dando un paso atrás para regresarle su espacio y hacerla sentir cómoda—. Te va a tomar tiempo volver a confiar, y yo no tengo prisa. Te voy a demostrar con hechos, no con palabras, que puedes estar segura conmigo.

Verónica levantó la cabeza y le dedicó una mirada mucho más suave, una mirada que por fin empezaba a aceptar la mano que él le estaba tendiendo.

—Gracias, Mauricio —dijo, usando su nombre de nuevo, esta vez con una pizca de verdadera confianza.

—De nada. Ahora, ve a darte un baño y descansa —le sonrió él, tomando su saco de la barra—. Yo tengo que ir a la oficina a terminar los papeles de tu nueva identidad. Regresaré en la noche con la cena. Quédate tranquila, estás a salvo.

Mauricio caminó hacia la salida y cruzó la puerta, dejándola sola. Verónica escuchó el clic de la cerradura y, por primera vez en cuatro años, no sintió miedo. Se caminó hacia la habitación, decidida a seguir el consejo del abogado, sabiendo que paso a paso, estaba dejando atrás el pasado para convertirse en la peor pesadilla de Rodrigo.

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