Capitulo 12: Olor A Libertad.

Mientras Verónica respiraba el aire de la libertad en Miami, muy lejos de allí, en Nueva York, las cosas también estaban cambiando. Rodrigo de la O se había cansado del ruido de la ciudad y quería proteger su gran secreto. Por eso, decidió mudar a su familia a una mansión gigantesca a las afueras de Nueva York. El lugar tenía un jardín enorme con árboles altos y muchos guardias de seguridad. Rodrigo decía que quería un espacio grande para que su hijo jugara, pero en realidad solo quería mantener a todos ocultos y bajo su control.

En medio del jardín, un niño pequeño de cuatro años corría detrás de una pelota de colores. El pequeño Santiago se reía a carcajadas, sin saber nada de las mentiras que rodeaban su nacimiento. Tenía las mejillas rosadas y el cabello castaño. Detrás de él caminaba Margaret, la niñera. Rodrigo de la O le pagaba mucho dinero a esa mujer para asegurarse de que cuidara al niño y, sobre todo, de que se quedara callada.

Desde la terraza de la casa, sentada en una silla, Gabriela miraba al niño.

Ya habían pasado cuatro años, pero Gabriela seguía teniendo una tristeza profunda en los ojos que ninguna ropa cara podía ocultar. Tenía una taza de té en las manos, pero ni siquiera la había probado. Su mirada estaba fija en Santiago.

A pesar de todo el tiempo que había pasado viviendo con el niño, Gabriela no había podido amarlo. No lo odiaba; Santiago era una criatura inocente que no tenía la culpa de nada. A veces, si el niño se caía o lloraba, ella sentía lástima y lo ayudaba, pero no sentía ese amor real de una madre. Había una barrera invisible entre los dos.

Para Gabriela, ver a Santiago jugar era un recordatorio diario de la farsa en la que vivía. Cuando miraba al niño, no podía evitar recordar la traición de su esposo. Recordaba perfectamente la noche en que Rodrigo de la O llegó con ese bebé en brazos y la obligó a mentirle a toda la sociedad y a su propia familia. Cada vez que salían en las revistas como "la familia perfecta", Gabriela sentía que se moría por dentro.

De pronto, la pelota rodó cerca de la terraza. Santiago corrió a buscarla, se detuvo cerca de ella y la miró con una sonrisa.

—¡Mamá, mira qué rápido corro! —gritó el niño feliz.

A Gabriela se le encogió el corazón al escuchar la palabra mamá. Era un título que ella sabía que no se merecía. Forzó una sonrisa y asintió con la cabeza.

—Sí, Santiago. Corres muy rápido —respondió con voz suave, pero distante.

Margaret se acercó rápido, tomó al niño de la mano y se lo llevó a jugar al otro lado del jardín. La niñera sabía perfectamente que a Gabriela le costaba estar a solas con el menor, y tenía órdenes de Rodrigo de solo cuidarlo ella.

Gabriela soltó un suspiro pesado y dejó la taza de té en la mesa. Se levantó y entró a la enorme sala de la casa. Subió a su habitación y abrió un pequeño cajón.

Al fondo del cajón, escondido debajo de unos papeles viejos, estaba su joyero de plata. Gabriela lo abrió con manos temblorosas y sacó el pequeño trozo de papel que había guardado durante años.

Aunque Rodrigo de la O le había advertido que borrara cualquier pista, Gabriela nunca pudo tirar ese papel. Con la punta de los dedos tocó las letras que ya se estaban borrando: Madre: Verónica Alcázar.

—¿Todavía estará en la cárcel la verdadera madre de Santiago?—susurró Gabriela para sí misma, sintiendo una lágrima en su mejilla

Cerró el joyero con cuidado y guardó la llave en su bolsillo. Caminó hacia la ventana y volvió a mirar al jardín. Santiago seguía jugando, sin imaginarse la tormenta que se estaba armando lejos de Nueva York.

Gabriela miró al cielo, sintiendo un mal presentimiento. Sabía que las mentiras de Rodrigo eran demasiado grandes para durar toda la vida, y que tarde o temprano, el pasado regresaría. Lo que ella no sabía era que Verónica Alcázar ya estaba libre en Miami, y que el tiempo de la farsa estaba llegando a su fin.

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