Capitulo 14: ¡No Puede Estar Libre!

Esa misma noche, el comedor de la mansión a las afueras de Nueva York estaba iluminado por luces tenues. La mesa larga de madera fina estaba llena de platos caros y comida perfecta, pero el ambiente era frío. Rodrigo de la O cenaba en silencio, cortando su carne con movimientos precisos. Frente a él, Gabriela movía la comida de su plato con el tenedor, sin tener nada de apetito. El silencio entre los dos era pesado, como siempre.

De repente, a mitad de la cena, Gabriela rompió el silencio. No pudo aguantar más la culpa que cargaba en el pecho.

—Rodrigo... ¿Qué pasó con Verónica Alcázar? ¿Sigue en la cárcel de Miami? —preguntó Gabriela en voz alta, mirando fijamente a su esposo.

Rodrigo dejó caer los cubiertos con fuerza sobre el plato. El ruido del metal chocando con la porcelana sonó fuerte en el comedor. Su rostro se puso rígido y sus ojos oscuros se clavaron en ella con una rabia fría. Detestaba escuchar ese nombre.

—No dañes mi cena, Gabriela —respondió Rodrigo con una voz baja y peligrosa—. He sacado un momento de mi tiempo libre, de mi trabajo tan importante, para venir a cenar a la casa contigo. Lo mínimo que espero es que no arruines el momento con tus preguntas estúpidas.

Pero Gabriela ya no tenía miedo de su tono de voz. El remordimiento que había sentido esa tarde al ver a Santiago en el jardín le daba fuerzas.

—Solo quiero saber si ella está bien, Rodrigo —insistió Gabriela, levantando un poco la voz—. Llevamos cuatro años viviendo una mentira. Ese niño crece y me llama mamá, mientras su verdadera madre está sufriendo en una celda por tu culpa.

En ese mismo instante, antes de que Rodrigo pudiera gritarle o mandarla a callar, el teléfono celular que llevaba en el saco del traje comenzó a sonar. El sonido rompió la tensión de la mesa.

Rodrigo sacó el teléfono con brusquedad, sin dejar de mirar a Gabriela con una furia tremenda. Vio el nombre en la pantalla: era su abogado principal de Miami. Con un gesto rápido, contestó la llamada y se pegó el aparato a la oreja.

—Habla, ¿qué pasa? —dijo Rodrigo en tono seco.

Al otro lado de la línea, la voz del abogado se escuchaba nerviosa y asustada.

—Señor De la O... tenemos un problema grave —dijo el abogado desde Miami—. Verónica Alcázar salió de la cárcel esta mañana. Un juez federal firmó su liberación condicional por un error en el proceso de arresto. Hubo un abogado muy poderoso involucrado, Mauricio Strikler. No pudimos detenerlo.

Al escuchar esas palabras, la mente de Rodrigo explotó. El control que tanto presumía tener se esfumó en un segundo. La mujer que él creía haber destruido y enterrado para siempre en una prisión de Miami estaba libre.

—¡¿Qué dijiste?! —rugió Rodrigo, poniéndose de pie de golpe.

Su rostro se transformó por completo, volviéndose rojo de la pura rabia. Sin pensarlo dos veces, Rodrigo extendió el brazo con violencia y, de un solo golpe, tiró toda la cena al piso. Los platos caros se hicieron pedazos contra el suelo de mármol, la comida se esparció por todos lados y las copas de cristal estallaron.

—¡Incompetentes! ¡Les pagué millones para que la dejaran refundida en esa celda! —grito Rodrigo al teléfono, completamente fuera de sí, antes de colgar con furia.

Gabriela dio un grito de terror y se pegó al respaldo de su silla, encogiendo el cuerpo. Estaba temblando de pies a cabeza, con el corazón latiéndole a mil por hora. Había visto a Rodrigo enojado muchas veces, pero jamás lo había visto perder el control de esa manera tan violenta. Parecía un animal salvaje.

Rodrigo respiraba con dificultad, mirando el desastre en el suelo y luego a Gabriela. Su farsa perfecta, la mentira que había armado con tanto cuidado durante cuatro años, acababa de recibir el primer golpe. Verónica Alcázar estaba en la calle.

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