Esa misma noche, el comedor de la mansión a las afueras de Nueva York estaba iluminado por luces tenues. La mesa larga de madera fina estaba llena de platos caros y comida perfecta, pero el ambiente era frío. Rodrigo de la O cenaba en silencio, cortando su carne con movimientos precisos. Frente a él, Gabriela movía la comida de su plato con el tenedor, sin tener nada de apetito. El silencio entre los dos era pesado, como siempre.
De repente, a mitad de la cena, Gabriela rompió el silencio. No