Mundo ficciónIniciar sesiónEl día avanzó lento, lleno de una pesadez que parecía contagiar cada rincón de la enorme casa de Nueva York. La noche finalmente llegó, pintando el cielo de un azul oscuro. Dentro de la propiedad, el silencio era casi absoluto. Rodrigo no había regresado de la oficina, lo cual, lejos de preocupar a Gabriela, le daba un momento de paz que necesitaba con urgencia.
Gabriela caminaba por el pasillo del segundo piso. Sentía una opresión en el pecho que no la dejaba tranquila, como si las paredes de la mansión se le vinieran encima. Sin planearlo, sus pasos la llevaron directamente hacia la habitación más cálida del lugar: el cuarto de Santiago. La puerta blanca estaba apenas entreabierta, dejando salir una luz suave. Gabriela se detuvo en el umbral y miró hacia el interior. Sentado en su cama de sábanas azules, el pequeño Santiago escuchaba atento un cuento. A un lado, la niñera le leía con voz pausada, tratando de hacerlo pegar los ojos. Gabriela se quedó allí, quieta, observando la escena. Mirar a ese niño siempre le provocaba una mezcla de ternura infinita y un dolor agudo en el corazón. Durante cuatro años había sido su madre ante todos, pero ahora la verdad pesaba más que nunca. De pronto, el pequeño Santiago movió la cabeza y descubrió a Gabriela en la entrada. Los ojos del niño se iluminaron por completo en medio de la penumbra. Una enorme sonrisa, inocente y pura, apareció en su rostro. —¡Mamá! —exclamó Santiago con alegría. El niño se sentó de inmediato en la cama, olvidándose del sueño, y estiró sus pequeños brazos hacia ella. La niñera se detuvo, cerró el libro de cuentos y miró hacia la puerta de manera respetuosa. —Señora Gabriela, buenas noches —dijo la empleada en voz baja, poniéndose de pie—. El niño estaba por quedarse dormido, pero parece que la estaba esperando. Gabriela sintió un vuelco en el estómago. Entró despacio a la habitación, con las manos juntas, llena de dudas. Santiago la miraba con una devoción absoluta, con esa mirada limpia que solo tienen los hijos. —Mamá, por favor, quédate conmigo —le pidió Santiago muy emocionado, jalando la cobija— Quiero que seas tú quien mi duerma hoy. Cántame la canción de la estrella, por favor, si no te la sabes, me puedes cantarme otra, la que tu quieras mamá. Al escuchar la petición del niño, Gabriela sintió un nudo en la garganta. Su primera reacción fue el miedo. Quería negarse. Quería inventar cualquier excusa, decirle que le dolía la cabeza o que debía bajar a revisar pendientes de la casa. Sentía que cada muestra de afecto alimentaba una mentira gigante que ya no quería sostener. Deseaba dar un paso atrás, salir corriendo de esa habitación llena de juguetes y encerrarse en su propio cuarto, todo se había puesto tan difícil para ella. Sin embargo, cuando Gabriela abrió la boca para decir que no, se topó de frente con los ojos del niño. La mirada suplicante de Santiago la hizo ceder por completo. Era una necesidad de afecto tan real, tan sincera, que todas sus barreras se derrumbaron. Ese pequeño no tenía la culpa de nada, y en ese momento, solo era un niño que buscaba refugio en los brazos de su mamá. Gabriela miró a la niñera y le hizo una seña suave con la cabeza. —Puedes retirarte por hoy. Yo me encargaré de Santiago —dijo con voz suave. —Entendido, señora. Que descansen —respondió la mujer, saliendo de la habitación con cuidado antes de cerrar la puerta. Cuando se quedaron solos, Gabriela se acercó a la orilla de la cama y se sentó despacio. Santiago, sin perder tiempo, se acomodó de nuevo bajo las cobijas y apoyó su cabecita directamente sobre las piernas de Gabriela, buscando su calor. Gabriela estiró la mano con timidez, pero al sentir el cabello suave del niño bajo sus dedos, el instinto le ganó. Comenzó a acariciarle la frente con movimientos lentos, sintiendo cómo el cuerpo del pequeño se relajaba por completo. —Pensé que ya estabas muy dormido, mi amor —susurró Gabriela, con los ojos llorosos. —Te estaba esperando, mamá. Me gusta más cuando tú me duermes —contestó Santiago con voz arrastrada, vencido por el cansancio. Gabriela comenzó a cantarle una melodía muy suave, una canción de cuna tradicional que recordaba de su infancia. Con cada nota, la respiración del niño se volvía más profunda y tranquila. Gabriela lo miraba con una mezcla de adoración y tristeza. Se daba cuenta de que lo amaba con toda su alma. Había cuidado de él desde que era un bebé recién nacido, lo había visto dar sus primeros pasos y decir sus primeras palabras. El lazo era real, aunque el entorno fuera una mentira lista para estallar. Mientras el niño se quedaba profundamente dormido, Gabriela miró hacia la ventana. Sabía que afuera, en alguna parte, el pasado estaba suelto y reclamando su lugar. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Gabriela se prometió a sí misma, en medio del silencio de la noche, que haría todo lo posible por proteger a Santiago del dolor de la tormenta que estaba por comenzar. Pero en su corazón sabía que aquella mujer tenía todo el derecho de tener a su hijo.






