Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz del día comenzó a apagarse en Miami, dejando paso a una noche fresca. Verónica ya estaba de regreso en el apartamento, sentada en la sala. Aunque llevaba puesto un vestido hermoso y se veía espectacular tras su visita al salón, por dentro se sentía agotada. Su mente no paraba de dar vueltas alrededor de la fotografía de Santiago.
Mauricio, que había estado observándola con profunda admiración durante todo el camino, se acercó a ella con pasos lentos. Sus ojos verdes brillaban con una ilusión evidente. El cambio de Verónica lo tenía completamente cautivado, y la cercanía de las últimas horas lo empujaba a querer dar un paso más. —Verónica... ha sido un día largo y lleno de emociones —dijo Mauricio con su voz varonil y suave—. Pensé que, para cerrar con broche de oro, podríamos ir a cenar juntos a un lugar bonito frente al mar. Te vendría bien salir y disfrutar de la noche. Verónica lo miró de frente. Por un segundo, vio la sinceridad y la caballerosidad en los ojos del abogado, pero de inmediato, una alarma se encendió dentro de ella. —Te lo agradezco mucho, Mauricio, de verdad —respondió Verónica en voz baja, forzando una sonrisa amable—. Pero prefiero quedarme aquí. Me siento muy cansada y necesito descansar la mente, fue un día bastante ajetreado. Mauricio asintió despacio, ocultando un gesto de desilusión. —Está bien, lo entiendo perfectamente —contestó él, dando un paso atrás respetuoso—. Te dejaré para que descanses. Lo que Verónica no le dijo a Mauricio era lo que verdaderamente estaba sintiendo en el fondo de su alma. El cansancio físico era real, pero el cansancio de su corazón era mucho mayor. Dentro de sí, Verónica sentía miedo. No quería que su relación con Mauricio siguiera avanzando más allá de lo estrictamente necesario para su plan de venganza. Él era un hombre maravilloso, guapo y protector, pero ella estaba rota. Después del infierno que vivió con Rodrigo, no estaba lista para abrirle su corazón a nadie, ni para volver a confiar en el amor. Su único motor en la vida era recuperar a su hijo y destruir a sus enemigos; no había espacio para nada más. Sin embargo, antes de que Mauricio caminara hacia la puerta para marcharse, Verónica lo detuvo. Se levantó del sofá y lo miró con timidez, apretando sus manos con un poco de nerviosismo. Había algo que le pesaba en la conciencia. —Mauricio... antes de que te vayas, quería pedirte un favor —susurró Verónica, mirándolo con ojos suplicantes—. Es algo muy importante para mí. Mauricio se giró de inmediato, prestando toda su atención. —Dime, Verónica. Lo que sea. —Quiero pedirte que ayudes a Martha —dijo ella en un tono lleno de sentimiento—. Ella fue mi ex compañera de celda durante estos cuatro años. Fue la única persona buena conmigo allá adentro, la que me cuidó y me ayudó a no volverme loca. Me dolió mucho dejarla en esa prisión. Sé que su caso fue injusto y que no tiene dinero para pagar una defensa real. Por favor, ayúdala a salir de ahí. Mauricio sonrió con ternura al escucharla. Le pareció increíble que Verónica, teniendo tantas cosas de qué preocuparse por su propio futuro, tuviera el corazón tan grande como para pensar en la mujer que se había quedado encerrada. —No te preocupes por eso —respondió Mauricio, dándole confianza—. Mañana mismo le pediré a uno de los mejores abogados de mi bufete que tome el caso de Martha. Revisaremos su expediente y te prometo que haremos todo lo posible por sacarla. No la vamos a dejar sola. Verónica asintió, sintiendo un gran alivio en el pecho. —Gracias, Mauricio —dijo sinceramente. Mauricio se despidió con un gesto suave y salió del apartamento, cerrando la puerta detrás de él. Verónica se quedó sola en la sala, sumida en el silencio. Se acercó a la ventana y miró hacia la noche de Miami, sabiendo que las barreras que había puesto en su corazón la protegían, pero también preguntándose cuánto tiempo más podría resistir la calidez de un hombre como Mauricio.






