Capitulo 12: Es Increíble Que Este Libre

El sonido de la pesada puerta de metal cerrándose a sus espaldas marcó el fin de una pesadilla de cuatro años. Verónica dio un paso hacia el frente y se detuvo en seco. El sol de Miami, brillante y pesado, la obligó a parpadear un par de veces, pero lo que realmente la detuvo fue el aire.

Una ráfaga de brisa cálida, cargada con ese olor a mar y a libertad que tanto había extrañado en su celda, le golpeó el rostro. En ese mismo instante, la coraza de mujer dura y fría que Verónica había construido para sobrevivir al encierro se desarmó por completo.

El labio inferior le tembló. Se llevó ambas manos a la cara y las primeras lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, limpiando el rastro del dolor de la prisión. No era un llanto de rabia, era el desahogo de un alma que por fin volvía a respirar. Sintió el suelo de la calle bajo sus zapatos, miró las palmeras moviéndose a lo lejos y simplemente se dejó llevar por la emoción de estar viva y ser libre.

A unos metros de distancia, apoyado contra una lujosa camioneta negra, Mauricio Strikler observaba la escena. El atractivo abogado vestía un traje gris impecable, pero toda su postura formal se desvaneció al ver a Verónica.

Mauricio estaba acostumbrado a tratar con clientes fríos, criminales corporativos y hombres de negocios que solo pensaban en dinero. Jamás se había topado con una pureza como la de ella. Al verla allí, tan hermosa, vistiendo los jeans sencillos y la blusa blanca que él mismo le había mandado, pero llorando con esa fragilidad tan honesta, algo dentro de su pecho se movió de una manera extraña. Mauricio sintió una punzada de ternura y una necesidad inmensa de protegerla que no tenía nada que ver con su trabajo como abogado. Esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad en Verónica empezó a despertar en él un sentimiento diferente, algo que nunca antes había sentido por un cliente.

Mauricio caminó hacia ella con pasos lentos, acortando la distancia con respeto. Sacó un pañuelo limpio de su saco y se lo extendió con suavidad.

—Está bien llorar, Verónica —dijo Mauricio. Su voz varonil sonó mucho más suave y cálida que el día anterior en la sala de visitas—. Ya pasó lo peor. Estás afuera.

Verónica bajó las manos y lo miró a través de sus ojos color miel, que brillaban por las lágrimas. Tomó el pañuelo, rozando los dedos de Mauricio por un breve segundo, y sintió una corriente de calor que la hizo reaccionar. Se limpió el rostro despacio, intentando recuperar la compostura. El hecho de que este hombre tan poderoso y atractivo la viera en su momento más débil la hacía sentir un poco expuesta, pero la mirada verde y comprensiva de Mauricio no la juzgaba; al contrario, la hacía sentir segura.

—Lo siento... —susurró Verónica, con la voz entrecortada—. Juré que no volvería a llorar, que sería fuerte. Pero sentir el aire de Miami... ver que el mundo siguió girando mientras yo estaba en esa celda... es demasiado.

—No tienes que pedir disculpas, y no tienes que ser de piedra todo el tiempo —respondió Mauricio, dedicándole una sonrisa ligera y sincera—. Ser fuerte también significa aceptar el alivio. Has aguantado cuatro años de una injusticia terrible provocada por Rodrigo de la O. Lo raro sería que no sintieras nada.

Verónica asintió despacio, guardando el pañuelo. Miró a su alrededor, asimilando la realidad. La desconfianza del día anterior no había desaparecido por completo, pero ver los detalles de Mauricio, el respeto con el que la trataba y cómo se había conmovido al verla llorar, la hizo dar un paso más hacia él en su mente. Este hombre realmente estaba de su lado.

—Gracias por esto, Mauricio —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez de manera voluntaria, lo que hizo que el corazón del abogado diera un vuelco ligero.

—Es un placer, Verónica —contestó él, dándole espacio y abriéndole la puerta del copiloto de la camioneta—. Sube. El sol de Miami está fuerte hoy y necesitas salir de esta zona. Te llevaré a un lugar seguro.

Verónica subió al vehículo, disfrutando de la comodidad del asiento de cuero, un lujo que parecía de otro planeta comparado con el cemento de la prisión. Mauricio rodeó la camioneta, se sentó al volante y encendió el motor, alejándose rápidamente de los alrededores del centro de detención.

Mientras manejaba por las avenidas de la ciudad, Mauricio la miraba de reojo. Verónica observaba el paisaje por la ventana, fascinada con las cosas más simples: los autos pasar, la gente caminando, los anuncios luminosos. Mauricio se descubrió a sí mismo sonriendo al ver la fascinación en el rostro de ella. Definitivamente, este caso ya no era solo un asunto de negocios o una venganza del pasado contra la corporación de Rodrigo de la O. Ahora, el motor principal de Mauricio era ver a esa mujer recuperar la felicidad por completo.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Verónica, girándose hacia él. Su tono ya era más tranquilo, demostrando que poco a poco iba agarrando confianza.

—Vamos a un departamento privado en South Beach —explicó Mauricio con calma—. Es propiedad de mi bufete, pero nadie sabe que está a mi nombre. Es un lugar discreto. Allí podrás darte un baño largo, comer algo real y descansar sin que nadie te moleste. Rodrigo de la O tiene muchos ojos en los hoteles grandes de Miami, así que quedarte ahí es la mejor opción para mantener un perfil bajo.

Verónica guardó silencio por un momento, procesando la información. La mención del nombre de su enemigo la trajo de vuelta a la realidad. La suavidad en sus ojos desapareció, siendo reemplazada por esa chispa de determinación que Mauricio ya le conocía.

—Está bien —aceptó Verónica—. Agradezco que pienses en mi seguridad. Pero mañana quiero que empecemos a trabajar. No voy a quedarme escondida en South Beach mientras el hombre que me destruyó sigue libre.

Mauricio estacionó la camioneta frente al semáforo y la miró fijamente. Sus ojos verdes se cruzaron con los de ella en una silenciosa promesa de lealtad.

—Iremos a tu ritmo, Verónica. Te lo aseguro —respondió él—. Pero primero, recupera tus fuerzas. Para la batalla que viene contra Rodrigo de la O, te necesito entera.

Verónica asintió, sintiendo que por primera vez en cuatro años, el peso de su soledad era un poco más ligero porque tenía a Mauricio Strikler caminando a su lado.

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