El sonido de la pesada puerta de metal cerrándose a sus espaldas marcó el fin de una pesadilla de cuatro años. Verónica dio un paso hacia el frente y se detuvo en seco. El sol de Miami, brillante y pesado, la obligó a parpadear un par de veces, pero lo que realmente la detuvo fue el aire.
Una ráfaga de brisa cálida, cargada con ese olor a mar y a libertad que tanto había extrañado en su celda, le golpeó el rostro. En ese mismo instante, la coraza de mujer dura y fría que Verónica había constru