—Ya, Alaska. Deja de hacerme perder el tiempo y hazte a un lado —refunfuñó Vidal.
Durante unos segundos, Alaska permaneció evaluándolo, hasta que finalmente dio un paso atrás y le despejó el camino. Vidal no dijo nada más. Aprovechó la oportunidad y salió de la casa.
En la calle, al no poder conducir con la bebé en brazos, detuvo un taxi y subió con cuidado, dando al conductor la dirección del hospital. El trayecto se le hizo interminable, con la mirada en el rostro pálido de Celestine, atento