Vidal quedó lívido en cuanto la doctora pronunció aquellas palabras. Sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies y una confusión espesa le nubló la mente. Parpadeó varias veces, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar, y negó levemente con la cabeza, como si así pudiera corregir la realidad.
—Eso no es posible —dijo al fin—. ¿Cómo que mi sangre no es compatible? ¿Qué es exactamente lo que me está diciendo? ¿Puedo donar o no puedo?
—Lo siento, señor Vidal —respondió—. Usted no puede d