Layla recibía dinero de Margot con regularidad, una suma que, en teoría, debía administrarse con cautela. Sin embargo, se encontraba alojada en un hotel cuyos gastos estaban siendo cubiertos con el dinero de Vidal, de modo que aquel ingreso adicional se le volvía superfluo.
Lejos de ahorrarlo para algo realmente necesario, lo gastaba sin demasiada reflexión, comprando ropa nueva, accesorios y caprichos que le permitían sostener una apariencia que no coincidía con su realidad.
Aquella mañana estaba precisamente en el centro comercial, revisando prendas con despreocupación, cuando algo llamó su atención de manera abrupta.
Levantó la vista y se quedó paralizada. A unos metros de distancia, Vidal caminaba junto a una mujer.
—¿Vidal… con Ámbar?
La mujer que lo acompañaba vestía como Ámbar, se movía como ella, imitaba su porte y su elegancia.
Aquella imagen la desconcertó profundamente. Layla conocía a Alaska. La había visto antes, y aunque el parecido entre Alaska y Ámbar era inquietante,