Raymond levantó finalmente la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Layla, pero en su rostro no hubo rastro de sorpresa ni de ira. Su semblante permanecía inexpresivo, como una superficie impenetrable.
Sin decir una palabra, dejó el teléfono sobre el escritorio, colocándolo con cuidado frente a él, sin devolvérselo a Layla en la mano.
—Esa no es Ámbar —declaró.
Layla parpadeó varias veces, desconcertada, como si no hubiera escuchado bien.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó—. ¿Cómo puedes dec