Vidal permaneció en silencio, observándola detenidamente. Su mente lo llevó de regreso a otro tiempo, al mismo rostro, pero diferente alma. Recordó a Ámbar, recordó aquel momento en que ella también le había ofrecido ayuda, cuando él atravesaba un aprieto similar. Ese recuerdo lo atravesó como una punzada breve, pero suficiente para tensar su semblante.
—No, no, no te preocupes —aseveró—. Tú guarda ese dinero. Podrías necesitarlo para alguna cosa más adelante. Como te dije, aunque ha sido un golpe duro, voy a salir de esta. No tienes por qué darme nada.
Alaska asintió despacio, aceptando la decisión de Vidal sin insistir más, aunque en su mirada aún latía una preocupación sincera. Se acercó a él con suavidad y, con un tono conciliador, volvió a hablar, como quien intenta abrir una puerta sin forzarla.
—Está bien, mi amor —expresó—, no voy a presionarte. Pero dime algo… ¿por qué no te tomas mañana el día libre? Yo sé que estás bajo mucha presión y que tienes que trabajar sin descanso,