Raymond temía —y con razón— que cualquier palabra suya fuera interpretada como una provocación absurda. Ámbar podría creer que él era un perturbado que había construido un delirio romántico alrededor de ella. Podría imaginar que él, incapaz de manejar sus propias emociones, había inventado una historia en la que Vidal sólo se había acercado a ella para herir a un extraño que, en realidad, no figuraba en su vida.
¿Qué credibilidad tenía alguien que jamás había cruzado una conversación con Ámbar?