Raymond temía —y con razón— que cualquier palabra suya fuera interpretada como una provocación absurda. Ámbar podría creer que él era un perturbado que había construido un delirio romántico alrededor de ella. Podría imaginar que él, incapaz de manejar sus propias emociones, había inventado una historia en la que Vidal sólo se había acercado a ella para herir a un extraño que, en realidad, no figuraba en su vida.
¿Qué credibilidad tenía alguien que jamás había cruzado una conversación con Ámbar? ¿Qué legitimidad podía tener un hombre que, de golpe, se presentaba ante ella afirmando que la amaba, que admiraba su carácter, que llevaba tiempo contemplándola en silencio sin atreverse a acercarse? A ojos de Ámbar, todo resultaría incoherente, invasivo, incluso grotesco.
Pensar en ello exasperaba a Raymond. Comprendía lo improbable que era que Ámbar lo escuchara sin sospechar de él. Hablar con ella significaba adentrarse en un terreno resbaladizo, donde la verdad podía caer derrotada por lo