Vidal llegó a su casa, se aflojó la corbata y suspiró, pero el silencio se rompió de pronto con el timbre insistente de la puerta.
Entonces, fue hasta la entrada y abrió. Para su sorpresa, en el umbral estaba Alaska.
—Hola, mi amor —saludó ella, depositando un beso en sus labios y entrando sin esperar invitación.
—¿Qué haces aquí, Alaska? Acabo de llegar de la empresa y estoy cansado —exhaló con pesadez—. Dime, ¿ya averiguaste quién es el esposo de Ámbar?
El rostro de Alaska se transformó al ins