Mundo ficciónIniciar sesiónA las cinco de la mañana, Santa Clara aún dormía.
Las calles estaban vacías, cubiertas por una neblina ligera que hacía parecer al pueblo un lugar detenido en el tiempo. Ángela Palacios caminaba con paso firme, el bolso colgado al hombro y el cansancio tatuado en el cuerpo. No se permitía llegar tarde. Nunca lo hacía. Cada minuto contaba cuando una vida dependía de ella. Santa Clara no había cambiado. Los chismes seguían circulando, las miradas seguían señalando. Pero ella había aprendido a caminar con la cabeza en alto sin importarle las opiniones de los demás. Al abrir la puerta de la panadería, el olor a levadura y harina la envolvió como una segunda piel. Doña Elena ya estaba allí, amasando con movimientos lentos pero seguros. —Buenos días, hija —saludó sin levantar demasiado la vista. —Buenos días Doña Elena —respondió Ángela, atándose el delantal para empezar su jornada. Ese era su primer turno del día. El que le permitía pagar el arriendo, comprar comida, ahorrar monedas sueltas con la esperanza de que algún día fueran suficientes. El segundo turno vendría de noche, limpiando oficinas ajenas mientras su hijo dormía. «Mi pequeño Thiago» Solo pensar en él le daba fuerzas para seguir adelante. Mientras acomodaba las bandejas, Ángela observó por el rabillo del ojo cómo algunos clientes la miraban. Siempre igual con las mismas expresiones apenas disimuladas. Compasión mezclada con juicio. Murmullos que no se detenían cuando ella entraba al lugar. «Pobrecita»… «Tan joven»… «¿Quién sabe con quién se metió?»… Había aprendido a ignorarlos o a fingir que lo hacía. Al mediodía, salió corriendo para buscar a Thiago en casa de la vecina. El niño la recibió con una sonrisa desdentada y los brazos abiertos. —¡Mami! —gritó, lanzándose hacia ella llenándole el rostro de besos. Ángela se agachó para recibirlo, aspirando su olor, ese aroma tibio que solo los niños pequeños tienen y que parecía curarlo todo. —Mi amor —susurró mirándolo con amor y ternura—. ¿Te portaste bien? Thiago asintió con entusiasmo, aferrándose a su cuello como si temiera que se desvaneciera, sin soltar su oso de peluche que llamaba “Capitán barrigón” Ese abrazo era el único lugar donde Ángela se permitía bajar la guardia, era su lugar seguro que la llenaba de paz. La tarde transcurrió entre juegos sencillos, comida rápida y cuentos repetidos. Cuando cayó la noche, lo acostó con cuidado, besándole la frente. —Sueña bonito mi tesoro —le dijo. Thiago cerró los ojos sin saber que su madre saldría otra vez a enfrentar el mundo por y para él. Cómo todas las noches dejó todo preparado y le repitió a su vecina las instrucciones de siempre. Recalcando que no importara lo que pasara, si era sobre su hijo la llamara y ella vendría contra viento y marea. Salió del pequeño departamento con un nudo en la garganta, le dolía dejar a su hijo, pero no tenía otra opción. Si pudiera contar con su familia la historia sería diferente. Al llegar a su destino simplemente dió un gran suspiro, repitiendo que eso era momentáneo. Las oficinas eran frías, impersonales. Pisos que no le pertenecían. Escritorios que jamás usaría. Mientras pasaba el trapo, Ángela pensaba en lo mismo de siempre. «Esto no puede ser para siempre» Fue una noche cualquiera cuando vio el anuncio. Un volante pegado torpemente en una pared del centro comunitario: “Concurso de emprendimiento regional” Primer premio: capital semilla, mentoría y expansión comercial. Ángela se quedó mirando el papel durante largos segundos. Sintió una punzada de algo que no se permitía desde hacía tiempo. Una oportunidad —No seas ilusa —murmuró para sí misma—. Eso no es para gente como tú. Pero la idea se negó a desaparecer. Durante días pensó en ello mientras amasaba pan, mientras limpiaba escritorios, mientras observaba a Thiago dormir. Pensó en todas las veces que había hecho rendir lo poco que tenía. En cómo sabía vender, organizar, producir. En las velas artesanales que había comenzado a hacer en silencio para vender en pequeñas ferias con ayuda de Doña Elena. Tenía ideas. Tenía talento. Lo que no tenía era permiso para soñar y hacer sus sueños realidad. —¿Por qué no lo intentas? —dijo Doña Elena una tarde, como si le hubiera leído la mente. Ángela la miró sorprendida. —No tengo estudios. No tengo dinero. No tengo contactos. Eso no es para mí. —Tienes algo más importante —respondió la mujer tomando sus manos entre las suyas con amor maternal—. Ganas de salir adelante. Esa noche, Ángela llenó el formulario con manos temblorosas. Cada palabra era una apuesta. Cada línea, un acto de valentía. Cuando envió la solicitud, sintió miedo. Pero también algo nuevo. Determinación, se había atrevido a dar el paso. Ese concurso empresarial, era una posibilidad real de cambiar su destino. No era solo dinero, era independencia, futuro, dignidad y sobre todo estabilidad. No sabía que, al mismo tiempo, en otro punto del país, Ignacio Robles firmaba documentos con el ceño fruncido, preparándose para regresar a Santa Clara por primera vez en tres años. Iba por negocios, expansión, estrategia. Nada personal o eso era lo que creía. La vida, sin embargo, no había terminado de cruzar sus caminos. Y cuando Ignacio regresara, nada, absolutamente nada volvería a ser igual. Y menos regresando acompañado.






