Capítulo 6.- Las grietas del presente.

Santa Clara despertó con una nueva inquietud.

No era solo el regreso de Ignacio Robles lo que agitaba el aire, sino la manera en que su nombre volvía a cruzarse con el de Ángela Palacios en murmullos mal disimulados. 

El pueblo tenía memoria selectiva y una imaginación voraz; bastó verlos salir juntos de la panadería para que las versiones se multiplicaran.

Ángela lo sintió desde temprano.

Las miradas se clavaban en su espalda mientras acomodaba las vitrinas. 

Las conversaciones se detenían cuando ella se acercaba. 

Doña Elena fingía no darse cuenta de nada, pero no apartaba los ojos de la puerta, era como si esperara una nueva irrupción.

—No temas mi niña—le dijo en voz baja—. Recuerda que eres fuerte y las palabras se las lleva el viento.

Ángela asintió agradecida, aunque por dentro el miedo le apretaba el pecho. Ignacio no se había ido y eso era lo peor. No había desaparecido como antes. Permanecía. Preguntaba. Observaba. Y ella no podía permitirse que viera demasiado.

Al mediodía, salió apresurada para buscar a Thiago. u vecina tenía que hacer unas diligencias.

El niño corría por la plaza con una energía que parecía infinita, persiguiendo palomas con risas contagiosas. Ángela lo llamó con un gesto urgente, acercándolo a sí.

—Mi amor, vamos a casa —dijo, tratando de sonar tranquila.

—¿Por qué? —preguntó el pequeño, señalando a un hombre que repartía globos—. Quiero uno.

Ella miró alrededor. El corazón se le detuvo un segundo al reconocer a lo lejos, la figura de Ignacio conversando con el alcalde. No estaba cerca, pero podría estarlo y eso era peligroso.

—Luego —respondió—. Te prometo que luego te lo compro mi amor.

Thiago hizo un puchero, pero obedeció. Mientras caminaban, Ángela se obligó a no mirar atrás. No quería que él se diera cuenta de su presencia con solo sentir su mirada.

Esa tarde, Ignacio apareció de nuevo. No fue en la panadería. Se encontraba en el centro comunitario.

Ángela estaba allí entregando los documentos finales del concurso cuando lo vio entrar. Su presencia era imposible de ignorar. Traje oscuro hecho a la medida, postura segura, una mirada que parecía buscarla incluso antes de encontrarla.

—Ángela —dijo, acercándose con cuidado al reconocerla—. Que bueno volver a verte. 

Ella se sobresaltó.

—Disculpa, no quería asustarte.

—Eso es exactamente lo que estás haciendo —respondió ella, tensa queriendo alejarse de él.

Ignacio bajó la voz para que solo ella lo pidiera escuchar.

—Necesitamos hablar.

—Ya lo hicimos.

—No lo suficiente.

Antes de que ella pudiera negarse, una mujer apareció junto a Ignacio aferrándose a su brazo con familiaridad estudiada. 

Elegante, impecable, con la seguridad de quien sabe ocupar espacio y con una sonrisa segura y una mirada que sabía medir a las personas en segundos.

Ángela sintió el golpe antes de escucharlo. Tenía la seguridad de saber quién era ella.

—Ignacio, amor —dijo la mujer marcando territorio—. Te estaba buscando, ¿No me presentas?

El corazón de Ángela descendió al estómago.

—Ángela Palacios —respondió Ignacio tras una breve pausa—. Una conocida del pueblo.

Conocida. La palabra fue un retroceso brutal. Eso era lo que ella representaba en la vida de él. Cómo si no saliera nada, una simple extraña.

La mujer la observó con interés contenido, evaluándola sin disimulo.

—Encantada —dijo—. Soy Verónica De Robles, la esposa de Ignacio —agregó, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos, pero que presagiaba problemas.

Ángela sostuvo la mirada con esfuerzo. Sintió cómo algo dentro de ella se reacomodaba a la fuerza, como un hueso mal soldado.

—El gusto es mío —respondió con calma ensayada.

Verónica ladeó la cabeza sonriendo con malicia.

—Ignacio me ha hablado mucho de Santa Clara —continuó—. Dice que aquí dejó… una etapa importante de su vida en este lugar, pero no me puedo imaginar que cosa tan insignificante pudo haber sido.

Ángela sostuvo la compostura. Tenía ganas de voltearle la cara con una bofetada, pero debía contenerse.

—Algunas etapas deberían quedarse en el pasado —contestó—. Por algo se superan.

Verónica sonrió un poco más, con una dulzura peligrosa.

—Tienes razón , pero regresan para recordarnos que nunca se cerraron del todo.

Ignacio frunció el ceño sabiendo por dónde iba el tema.

—Verónica… —advirtió—. ¿Nos das un momento?

Ella lo miró, divertida.

—Claro querido —dijo acortando la distancia para dejar un beso en la comisura de sus labios—. No me iré muy lejos.

Se alejó apenas unos pasos, lo suficiente para observar sin parecer entrometida.

—¿Por qué no me dijiste que estabas casado? —preguntó Ángela en voz baja, sin rodeos.

Ignacio pasó una mano por su nuca.

—Porque no es un matrimonio como imaginas.

—Eso no cambia nada —respondió ella—. Sigues siendo un hombre con esposa.

—Fue una decisión familiar —dijo él—. Un acuerdo entre familias. Nada más.

Ángela negó con la cabeza.

—Siempre tienes una explicación conveniente, Ignacio.

—No vine a complicarte la vida —dijo él—. Vine porque no he dejado de pensar en ti.

—Pues no debiste regresar —respondió ella—. Yo sí tuve que aprender a dejar de pensar en tí.

—¿Por qué? —preguntó Ignacio, observándola con intensidad—. ¿Qué cambió?

Ángela respiró hondo.

—Todo cambió, tu eres un hombre casado. Yo tengo una vida. Un…—hizo silencio al darse cuenta de que estuvo a punto de cometer un terrible error—. No puedes irrumpir así y hacer como si no ha pasado nada.

Sin darle tiempo a más se alejó de él como si el diablo le pisara los talones.

Esa noche, Ángela casi no durmió. El concurso la esperaba al día siguiente con una presentación preliminar. Ensayó frente al espejo, ajustó cifras, pulió ideas. Doña Elena la ayudó a preparar muestras, a ordenar costos, a creer un poco más. 

—Pase lo que pase —le dijo—, ya ganaste algo: te atreviste a dar ese paso y eso vale mucho.

Esas fueron las palabras de apoyo de la mujer.

Ángela llegó al evento con el corazón en la garganta. Vio rostros desconocidos, empresarios, jurados. Y, al fondo a Ignacio. No sabía por qué estaba allí. Pero pido darse cuenta que su mirada la seguía a dónde ella caminara.

Cuando llegó su turno se armó de valor.

Habló de su emprendimiento. De mujeres invisibles para muchos. De convertir necesidad en oportunidad. De construir un sueño y hacerlo realidad sin pedir permiso. Su voz tembló al inicio, pero se sostuvo. Creyó en ella, en la capacidad que tenía para defender su proyecto. Convenció a los asistentes.

Al terminar, hubo silencio. Luego, aplausos.

Ignacio la miraba como si la viera por primera vez. Estaba completamente fascinado ante la mujer que tenía frente a él.

Más tarde, mientras recogía sus cosas, él se acercó.

—Eres increíble —dijo mirándola con devoción—. Siempre lo fuiste.

—No me mires así —respondió ella incómoda por la forma en que la estaba mirando.

—No puedo evitarlo.

Ángela respiró hondo.

—Pues vas a tener que hacerlo.

—Solo digo la verdad.

—Hay verdades que destruyen, Ignacio —dijo—. Y tú no estás listo para ellas.

—Entonces dime tú verdad y lo que necesitas —pidió—. Dímelo y lo haré.

Ángela pensó en Thiago, recordó el dibujo de tres figuras tomadas de la mano. Y eso la llenó de valor.

—Necesito que te mantengas lejos de mí—respondió—. Por el bien de todos.

Ignacio la observó en silencio. Luego asintió lentamente.

—No prometo irme —dijo—. Pero prometo no forzarte y seré paciente, te esperaré el tiempo que sea necesario.

Ángela se alejó con el pulso acelerado.

Sabía que la verdad se acercaba y que el pasado no se conformaría con observar.

Estaba segura de que su mundo, tan cuidadosamente construido, empezaba a agrietarse. 

Tenía que ser fuerte y proteger a su tesoro más preciado como una leona,  como solo una madre sabe hacerlo.

Esta vez no iba a dejar que el pasado la atropellara, ella iba a tomar las riendas de su destino así la vida se le fuera en ello.

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