Mundo ficciónIniciar sesiónLa paz duró poco.
El regreso de Ignacio Robles a Santa Clara no pasó desapercibido. En un pueblo donde las noticias viajaban más rápido que el viento, bastó una sola mañana para que su nombre volviera a circular en murmullos emocionados, miradas curiosas y comentarios disfrazados de nostalgia. El heredero prodigio. El hijo del hombre más poderoso. El joven que se había marchado para conquistar la capital… ahora volvía. Ángela Palacios no lo supo de inmediato. Estaba demasiado ocupada sobreviviendo. Amasaba pan con movimientos automáticos cuando escuchó a dos clientas hablar en voz baja, pero con la emoción suficiente para perforar el aire. —Dicen que Ignacio Robles regresó. —Comentó la mujer tomando un sorbo de café. —Sí, llegó anoche. Viene por unos negocios importantes según rumores ¿Viste con quién vino? El nombre la golpeó sin aviso. Ángela sintió cómo el corazón le daba un vuelco tan violento que tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio. El sonido del local se desdibujó. El olor a pan recién horneado se volvió denso, casi sofocante. Tres años diciéndose que ese capítulo estaba cerrado. Que ya no dolía. Que había aprendido a vivir sin pensar en él. Pero la vida me estaba demostrando que era totalmente lo contrario. Se mentía y sabía que lo hacía. —¿Estás bien? —preguntó Doña Elena, observándola con atención al verla a punto de caer. —Sí —respondió demasiado rápido—. Solo… tengo un poco de calor. Doña Elena no insistió, pero sus ojos se afilaron con sospecha. Sabía a qué se debía ese cambio abrupto. El día transcurrió con normalidad por así decirlo. Esa noche, Ángela llegó a casa con una opresión en el pecho que no logró disipar ni siquiera cuando Thiago se lanzó a sus brazos riendo. —¡Mami! —gritó—. Mira lo que hice. Le mostró un dibujo torcido, lleno de colores, donde tres figuras se tomaban de la mano. Ángela sonrió, aunque la garganta le ardía. Se estaba dando cuenta que a su hijo le había falta una figura paterna. —Es precioso, mi amor —le dijo, besándole la frente con cariño aferrandolo a un fuerte abrazo. Thiago bostezó poco después y se quedó dormido abrazando su oso de peluche. Ángela se quedó mirándolo largo rato, con una mezcla de amor feroz y miedo. Ignacio no podía saberlo. No debía enterarse nunca. Pero ¿Cómo no hacerlo? En ese pueblo todos tenían conocimiento de la vida de los demás y lo que no sabían, simplemente lo inventaban. Al día siguiente, el destino dejó de fingir sutileza. Ángela salía del mercado con una bolsa en la mano cuando lo vio. Ignacio Robles estaba de pie frente a la antigua plaza, hablando con un grupo de hombres trajeados. Se veía más alto, más serio, más elegante y maldita mente más atractivo. El tiempo se detuvo en una fracción de segundos. Ángela sintió que el aire desaparecía. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Dio un paso atrás, dispuesta a huir, a desaparecer como había hecho durante años, pero esa voz ronca y varonil la detuvo. —¿Ángela? La voz la alcanzó como un disparo. Se giró lentamente para quedar a escasos centímetros de su tormento. Ignacio la observaba con los ojos abiertos, como si acabara de ver un fantasma. La seguridad con la que hablaba segundos antes se desmoronó en su rostro. —Eres tú… —dijo, casi incrédulo. Ángela apretó la bolsa con fuerza. —Ignacio.—susurro su nombre quemándole la garganta. El silencio entre ellos era pesado, cargado de todo lo que nunca se dijo. Él la recorrió con la mirada, deteniéndose en detalles que parecían dolerle. E cansancio en su rostro, la ropa sencilla, la dureza adquirida en su postura. —Pensé que… —empezó él—. Te habías ido. Ángela soltó una risa breve, sin humor. —Tú fuiste quien se fue. Ignacio frunció el ceño incrédulo ante sus palabras. —No fue así. Yo… intenté buscarte. Te lo puedo explicar. Tal vez era mentira o una verdad demasiado tardía. —Eso ya no importa —cortó ella—. Eso fue hace mucho tiempo. Ignacio dio un paso hacia ella, como si la distancia fuera una ofensa personal. —Claro que tiene importancia, la tiene para mí. —fue sincero. El corazón de Ángela latía con fuerza descontrolada. La cercanía era peligrosa, familiar y muy tentadora. —Ya nada tiene sentido—dijo—. No deberíamos andar del pasado. Ignacio dudó apenas un segundo. —¿Podemos vernos? —preguntó—. Necesito explicarte cosas. El hombre fue insistente, no quería perder la oportunidad de poder hablar con ella y aclarar las cosas. Ángela pensó en Thiago. En el secreto latiendo peligrosamente cerca de la superficie. —No —respondió con firmeza sin derecho a réplica—. No es buena idea. Intentó irse, pero Ignacio la detuvo suavemente del brazo. El contacto fue eléctrico y ambos lo sintieron. —Son solo unos minutos por favor—pidió. —Te lo debo. Ángela sostuvo su mirada, luchando contra el impulso de ceder. Recordando la vez que fue a buscarlo y la noticia que recibió a cambio. —No me debes nada —dijo al final, soltándose—. Será mejor que dejes las cosas donde están. Adiós, Ignacio. Se alejó sin mirar atrás, con el pulso desbocado y la certeza de que aquel encuentro no sería el último. Y no lo fue. Esa misma tarde, Ignacio apareció en la panadería. Doña Elena lo reconoció de inmediato. Todo el pueblo lo hacía. Era imposible no saber quién era el hijo del hombre más rico del pueblo —Buenas tardes —saludó él con cortesía—. Busco a Ángela, supe que estaba trabajando aquí. El local quedó en silencio. Todos observaban con gran detalle lo que estaba a punto de suceder, estaban tomando nota del próximo chisme de la semana. Ángela salió del fondo de la panadería con una bandeja en las manos y al percatarse de la presencia del hombre se puso completamente pálida. —¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja. —Necesito hablar contigo —respondió—. Sin interrupciones. Doña Elena intervino antes de que Ángela pudiera responder. —Aquí se viene a comprar pan muchacho, no a incomodar a mis empleadas —dijo con firmeza. Ignacio la miró con respeto asintiendo con un leve movimiento de cabeza. —No es mi intención incomodar Doña Elena, es solo que… necesito unos minutos con ella. Ángela respiró hondo totalmente resignada, sabía que si no lo dejaba hablar iba a seguir insistiendo. Luego miró a Doña Elena y eso bastó para que la mujer entendiera que tenía todo bajo control. —Cinco minutos nada más —cedió. Salieron al exterior donde miles de ojos se posaban sobre ellos. —Dime qué quieres, ¿Por qué regresaste? —preguntó ella sin rodeos. —Por negocios —respondió—. Pero también… necesitaba cerrar cosas pendientes. —Pues parece que llegaste demasiado tarde. —cruzó los brazos frente a su pecho. Ignacio la miró con una mezcla de culpa y deseo. —Nunca dejé de pensar en ti. —confeso. Ángela sintió un nudo en el pecho. —No digas esas cosas —susurró—. No ahora que ya nada tiene sentido. —¿Por qué? —preguntó él—. ¿Hay alguien más? —No. Ignacio sonrió apenas, como si esa respuesta le devolviera la esperanza. —Entonces dame una oportunidad. —dijo sin pensar. Ella pensó en Thiago y también en la mujer que debía ser su esposa. Ella pensó en lo descarado que era Ignacio. «¿Cómo se atrevía a pedirle una oportunidad cuando él ya era un hombre casado?» —No sabes lo que pides —dijo. —Se perfectamente lo que estoy diciendo y lo que quiero —respondió él, acercándose un poco más. Ángela dio un paso atrás queriendo poner distancia entre ambos. —No —repitió—. No puedes entrar otra vez en mi vida y pretender que nada pasó y mucho menos pedirme una oportunidad. —Te puedo asegurar que nada pasó para mí —dijo Ignacio con voz grave—. Solo… no supe luchar más por tí, por nosotros. Esa confesión la desarmó más que cualquier promesa. Pero eran simplemente palabras que llegaban tarde y que ya no tenían sentido. —Vete, Ignacio —pidió—. Antes de que sea demasiado tarde. Ignacio la observó unos segundos más, como si quisiera grabarla en la memoria. —No me iré —dijo al final—. No sin entender por qué me miras como si cargara una culpa que no conozco. Ángela cerró los ojos conteniendo todo lo que quería decirle. Porque la culpa tenía tres años y se llamaba Thiago. El amor, cuando regresa, puede ser más peligroso que el odio. Y esta vez, perder no era una opción






