Capítulo 2.- Silencio, el peor enemigo.

El silencio se convirtió en el peor enemigo de Ángela Palacios.

Durante los días que siguieron a la noticia, aprendió a convivir con él como quien comparte techo con una sombra. Sonreía cuando debía, respondía lo justo, se movía por la casa como si todo siguiera igual. Pero por dentro, cada latido de su corazón repetía la misma palabra.

«Embarazada»

Su madre hablaba de asuntos cotidianos. De la vecina, del precio del pan, del calor insoportable de Santa Clara. Ángela solo asentía, evitando mirarla demasiado tiempo, temiendo que una sola pregunta mal formulada derrumbara el frágil equilibrio que había construido a base de mentiras.

No podía decirles nada. No todavía.

Decirlo significaba decepción, juicio, vergüenza pública. En Santa Clara, las historias no se olvidaban; se heredaban. Y una muchacha embarazada sin marido era un espectáculo que el pueblo sabía disfrutar con crueldad.

Por las noches, cuando todos dormían, Ángela se encerraba en el baño y apoyaba la frente contra el espejo. Se observaba como si buscara señales visibles del cambio que ya estaba ocurriendo dentro de ella.

—¿Qué voy a hacer contigo…? —susurraba, con la mano temblorosa sobre el vientre.

La respuesta siempre era la misma.

«Sobrevivir» Pero sobrevivir sola parecía imposible.

Fue entonces cuando pensó en Doña Elena.

La panadería era su segundo hogar desde la adolescencia. Allí había aprendido más que a amasar pan. Aprendió a trabajar, a resistir, a mantenerse en pie cuando la vida apretaba. Doña Elena no hacía preguntas innecesarias, pero veía más de lo que decía.

Aquella mañana, Ángela llegó antes de lo habitual. Tenía los ojos cansados y una determinación nerviosa en el cuerpo.

—¿Puedo hablar con usted? —preguntó, evitando su mirada.

Doña Elena dejó la bandeja sobre la mesa y se secó las manos en el delantal.

—Claro, hija. Dime.

Ángela respiró hondo.

—Necesito viajar a la ciudad… unos días. Sé que no es buen momento, pero… necesito hacerlo.

No explicó más. No pudo.

Doña Elena la observó en silencio. Sus ojos se detuvieron en el rostro pálido de la muchacha, en la tensión de sus hombros, en ese temblor casi imperceptible que delataba algo más profundo.

—Entonces ve cariño, pero…—dijo al final mientras buscaba algo en uno de los cajones—. Toma, yo me encargo.

Ángela levantó la mirada, sorprendida. Recibiendo el pequeño trozo de papel que esta le entregaba.

—¿No quiere saber por qué? —preguntó con incredulidad.

Doña Elena negó despacio.

—Cuando quieras contarlo, lo harás. Ahora solo veo que necesitas irte.

Ese gesto de confianza casi la hizo llorar.

Ese mismo día salió unas horas antes, debía preparar el pequeño equipaje. La excusa para viajar fue que debía ir por unos insumos a la ciudad y Doña Elena le había encargado esa tarea personalmente. De esa manera su familia no iba a objetar, cosa que agradeció.

El viaje a la ciudad fue un torbellino de pensamientos. El autobús avanzaba entre curvas y ruido mientras Ángela apretaba el bolso contra el pecho, como si dentro llevara algo más que ropa: llevaba esperanza.

Buscaba a Ignacio. Necesitaba verlo a los ojos. Necesitaba decirle la verdad. Aunque la rechazara. Aunque la negara. Aunque la dejara sola.

Cuando llegó, la ciudad la envolvió con su caos. Todo era más grande, más rápido, más indiferente. Caminó varias cuadras hasta detenerse frente a una estación de taxis. Enseguida le indicó la dirección al conductor y en menos de lo que esperaba llegó a la casa de los Robles, una construcción elegante que le pareció intimidante.

Bajo del taxi pagando por el servicio.Se quedó unos segundos sin moverse cavilando las palabras que diría.

—Es ahora o nunca —murmuró.

Tocó el timbre. El sonido resonó como un disparo en su pecho.

La puerta se abrió… y el mundo volvió a romperse. No era Ignacio quien estaba frente a ella. Era su madre.

Impecable, vestida con tonos claros, con esa elegancia fría que nunca había ocultado su desprecio. La mujer la miró de arriba abajo sin disimulo, como si evaluara un error que jamás debió cruzar su puerta.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin cordialidad.

Ángela tragó saliva.

—Necesito ver a Ignacio. Es importante.

La mujer arqueó una ceja, apenas.

—Ignacio no está disponible.

—Por favor… —intentó persiasirla—. Dígale que vine. Solo necesito hablar con él. Es algo muy importante

La madre de Ignacio esbozó una sonrisa breve, afilada.

—No es conveniente que sigas apareciendo por su vida —dijo—. Ignacio está en una etapa muy importante.

Ángela sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quiere decir…? —la voz le salió temblorosa apenas en un susurro audible.

—Que está ocupado con los preparativos de su boda.

La palabra boda no fue pronunciada. Fue lanzada. Ángela sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

—Eso… eso no puede ser —susurró—. Él me dijo que…

—Ignacio es un hombre responsable —la interrumpió—. Sabe cuál es su lugar. Y tú deberías saber el tuyo.

La puerta comenzó a cerrarse.

—Espere —dijo Ángela, con la voz rota—. Dígale al menos que estuve aquí.

La mujer la observó por última vez, con una frialdad que helaba.

—No hay nada que decir.

La puerta se cerró en su cara y con ella, la última ilusión de Ángela Palacios.

Se alejó caminando sin rumbo, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo sin control. La ciudad se volvió borrosa. Los sonidos se mezclaron. Las palabras de aquella mujer se repetían como un castigo.

«Boda»...

«No hay nada que decir»...

Sentía como si corazón se rompía en mil pedazos, estaba rota, decepcionada.

No vio el semáforo.

No escuchó el claxon.

No sintió el peligro acercándose.

El impacto fue brutal.

Un golpe seco. Un grito ahogado. El mundo giró violentamente mientras su cuerpo era lanzado al asfalto. El dolor explotó en cada rincón de su ser, pero fue apenas un destello antes de que todo se apagara.

La última imágen que cruzó su mente no fue Ignacio. Fue la de una vida diminuta, frágil, dependiendo de ella.

Y luego… nada. Absoluta oscuridad.

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