La Gran Plaza resplandece bajo el sol del mediodía cuando Carmela desciende de un pabellón de seda, una visión magnífica que hace callar hasta al peor de los cínicos.
Su vestido, de encaje, perlas y lentejuelas, se ciñe a su cuerpo antes de convertirse en una cola que flota como niebla tras ella. Un velo adornado con diamantes resplandece sobre su rostro, e hilos de oro brillan en su cabello.
Arcos envueltos en seda blanca y rosas se elevan sobre el altar nupcial, donde docenas de flores, carm