Élio
La lluvia no ha dejado de caer. Golpea los cristales como un recordatorio constante: el mundo exterior existe, está húmedo, frío, y nos espera. En la oficina, el aire está saturado de electricidad estática y del aroma acre del café quemado. Las pantallas alineadas frente a mí ya no muestran rostros, sino esquemas: flujos financieros, redes de comunicación, hábitos de vida.
El Buró ya no es una entidad vaga. Es un sistema. Y para matar un sistema, hay que cortarle el oxígeno, no decapitarlo.
— Han protegido sus cuentas principales —comenta Marco desde la puerta—. Capas de empresas pantalla. Offshore sobre offshore.
Deslizo un expediente hacia su terminal.
— Entonces no apuntamos al dinero. Apuntamos a la confianza.
El plan es simple en su principio, diabólico en su ejecución. El Buró se apoya en dos pilares: su anonimato y su fiabilidad. Si no podemos arruinarlos, podemos desacreditarlos. Sembrar el caos en sus filas. Hacer que se devoren entre ellos.
El lote de nombres que envié