Élio
La lluvia no ha dejado de caer. Golpea los cristales como un recordatorio constante: el mundo exterior existe, está húmedo, frío, y nos espera. En la oficina, el aire está saturado de electricidad estática y del aroma acre del café quemado. Las pantallas alineadas frente a mí ya no muestran rostros, sino esquemas: flujos financieros, redes de comunicación, hábitos de vida.
El Buró ya no es una entidad vaga. Es un sistema. Y para matar un sistema, hay que cortarle el oxígeno, no decapitarlo