Sofía
La habitación parece vibrar con un eco invisible. Las cortinas apenas se agitan, pero cada movimiento de aire lleva el calor de la noche. El olor del hierro y de la piel flota, acre y embriagador, como un perfume de brasas que no se apaga.
Permanezco inmóvil, el corazón golpeando un ritmo desordenado. La lámpara en la esquina de la pared emite una luz temblorosa, dibujando en el parquet sombras que se alargan y se pliegan, como animales agazapados, listos para saltar.
Elio está sentado al