Sofía
El silencio es pesado, casi sagrado. El mundo aún está sumido en la noche, y solo el aliento regular de Elio rompe esta calma. Abro los ojos, incapaz de permanecer inmóvil. Mis músculos aún están relajados por la tormenta de la víspera, pero otra calidez ya me invade. Una calidez diferente. Un hambre íntima, insaciable.
Me giro hacia él. Su rostro es sereno, y aún así, incluso en este descanso, su presencia me aplasta, me envuelve. Es como si poseyera todo el espacio, incluso en su sueño.