Sofía
Permanezco tendida, inmóvil, mis dedos aún crispados sobre las sábanas. Cada respiración me quema y me alivia a la vez. Mi cuerpo tiembla de una fatiga suave pero profunda, como si cada fibra hubiera sido retorcida por el fuego que acabamos de atravesar. El mundo a nuestro alrededor ya no existe, o tal vez siempre ha estado reducido a este momento preciso: nosotros, el calor persistente, la respiración entrecortada y este silencio que envuelve todo.
Cierro los ojos, y siento el escalofrío