ELIO
Salgo de casa al amanecer. La luz que filtra a través de las cortinas dibuja líneas pálidas sobre el parquet, como si el día mismo dudara en imponerse. El silencio en la habitación me sigue, pesado y tenaz. Sofía todavía duerme, o quizás está despierta pero inmóvil, congelada en ese momento suspendido que hemos dejado extenderse entre nosotros. Su ausencia pesa sobre mí más de lo que quiero admitir. Siento esa presencia fantasmagórica, como una cadena invisible alrededor de mi corazón, en