Sofía
Cuando regresamos a la sala, el silencio es una campana de vidrio.
Espeso, extraño, casi irreal.
Las conversaciones, ahogadas, han cesado. Solo persisten las aclaraciones de garganta incómodas, las respiraciones nerviosas, los arrugamientos de tejidos preciosos sobre asientos demasiado rígidos.
Nos miran como si estuvieran viendo a dos fantasmas.
O a dos criminales, yo sobre todo.
El sacerdote nos espera, inmóvil frente al altar. Su rostro es pálido, tenso, pero sus gestos permanecen prec