Sofía
El salón de recepción no es un lugar de fiesta.
Es una arena.
Todo respira lujo desmesurado: los candelabros masivos, suspendidos como soles de cristal, difunden una luz blanca y cruel que no deja sombra donde esconderse. Las mesas, cubiertas con manteles marfil y platos de porcelana, parecen altares dispuestos para un sacrificio. Las rosas escarlatas, dispuestas en ramos en el centro, huelen casi a hierro.
Y yo, soy el centro de este cuadro: la novia, la presa.
Siento las miradas devorán