Sofía
No he cerrado el ojo.
No realmente.
He permanecido acostada, con los ojos bien abiertos, mirando ese techo que me aplasta un poco más con cada respiración.
Cada crujido de la madera. Cada suspiro del silencio. Cada latido de mi corazón me traía de vuelta a él. A lo que había dicho. A lo que no había dicho.
Se quedó frente a mi puerta.
Lo sentí.
Su sombra.
Su calor.
Sobre todo su silencio.
Pero no tocó.
Y yo, no me moví.
Me mordí los labios hasta sangrar, para no ceder. Para no levantarme