Sofía
El vestíbulo se eleva como una catedral de vidrio, inmenso y casi irreal. El sol, todavía tímido, se quiebra en las paredes translúcidas y se dispersa en destellos de plata que parecen flotar en el aire, como un polvo de luz. El susurro discreto de la recepción reemplaza el tumulto de la calle; cada paso resuena suavemente en el mármol claro. De repente, me siento ajena a la ciudad que acabamos de atravesar.
Elio camina a mi lado, su mano rozando mi espalda sin empujarme jamás. Su presenc