La música seguía; la orquesta había cambiado a un ritmo más animado y la sala vibraba entre risas contenidas y conversaciones afiladas. Las mesas bullían de dedos que pasaban notas, copas que tintineaban y miradas que calculaban. Todo era una coreografía perfecta de poder. En el centro, Serena y Dante bailaban con la calma de quienes ya no tienen nada que perder: él la sostenía con firmeza, ella se apoyaba con la seguridad de quien conoce el terreno.
Fue entonces cuando Salvatore se acercó, con