La música se desvaneció lentamente y el murmullo en el salón fue menguando hasta convertirse en un silencio respetuoso. Las velas titilaban en filas interminables, proyectando sombras que parecían querer susurrar secretos antiguos. Mikhail Volkhov se puso de pie con la calma de quien carga una responsabilidad mayor que su propio nombre. Todos los ojos se volvieron hacia él; incluso Corrado, con la mandíbula apretada, sostuvo la mirada por un instante.
Mikhail alzó la copa. Su voz, firme y cálid