La nieve caía como ceniza.
Moscú dormía bajo una capa de silencio metálico, interrumpido solo por el zumbido lejano de los drones patrullando el cielo.
En las calles, las luces parpadeaban entre el humo y la bruma del invierno.
Desde el techo de un edificio abandonado, Dante observaba la ciudad a través de los binoculares térmicos.
El aire helado cortaba la piel, pero su respiración se mantenía controlada, medida.
A su lado, Mikhail ajustaba el comunicador.
—Tenemos treinta minutos antes de que