El amanecer caía pesado sobre la fortaleza, como si incluso el sol se negara a salir del todo. Las luces de seguridad seguían encendidas, bañando los muros con reflejos rojos y dorados. Habían pasado tres días desde la operación, y aún el eco de los helicópteros retumbaba en las paredes de piedra. Dentro, el aire olía a desinfectante, café y metal.
Serena dormía en la habitación principal, su respiración lenta, su piel pálida contra las sábanas. Dante no se había separado de ella desde aquella