El amanecer siguiente llegó con un silencio tenso, pesado. La fortaleza había resistido el asalto, pero las cicatrices quedaban a la vista: paredes agrietadas, el olor a pólvora en los pasillos, manchas secas de sangre en el suelo de piedra. Aun así, el aire se llenaba de movimiento. Hombres y mujeres del ala de seguridad reparaban puertas, reforzaban los accesos, revisaban sistemas. Nadie dormía.
Serena despertó lentamente, envuelta en las sábanas del ala médica. Su respiración era pausada, su