La fortaleza respiraba con estertores cortos. Los hombres de guardia patrullaban con los fusiles pegados al pecho, las linternas barrían el exterior como ojos mecánicos. Dentro, la sala de guerra olía a café frío y a tensión. La confesión de Bruno había abierto una ruta; ahora tocaba seguirla hasta el final. Dante lo había dicho: encontrar la red no bastaba, había que arrancarle la cabeza.
Mientras los equipos forenses procesaban la furgoneta y las piezas halladas, Dante pidió un registro comp