La fortaleza no volvió a ser la misma después de la noche del intento de secuestro. La paz había sido sustituida por una vigilancia implacable: puertas reforzadas, hombres en cada pasillo, registros de entradas y salidas escrupulosos. Nadie confiaba en nadie del todo; los gestos cotidianos se transformaron en posibles claves. Y en el centro, como una herida abierta, latía la sospecha: la rata estaba dentro.
Dante ordenó una cuarentena silenciosa. Nadie entraría ni saldría sin su permiso, las c