El amanecer se filtraba tímido por las rendijas oxidadas del búnker. Serena estaba sentada a la mesa, con una taza de café que Dante le había preparado. No lo decía en voz alta, pero cada pequeño gesto de él hacía que algo en su pecho se estremeciera.
Mikko y Iván discutían en voz baja, planeando la mejor manera de moverse sin levantar sospechas.
—No podemos presentarnos directamente —dijo Iván, frunciendo el ceño—. Si alguien sospecha de nuestros movimientos, se corre la voz y entonces todo se