La noche había caído con una densidad que parecía tragarse el sonido. No había estrellas, solo el resplandor lejano de las luces en el horizonte, donde se ocultaba el enemigo. A lo lejos, la finca de Lorenzo se alzaba como una bestia dormida: rodeada de muros, cámaras, y hombres armados que patrullaban como sombras sin alma.
Dante observaba el panorama desde un risco, con los binoculares en una mano y el corazón latiendo como un tambor de guerra. A su lado, Serena estaba inmóvil, concentrada. L