El amanecer no trajo paz, solo el eco distante de la violencia.
Desde la colina donde el humo aún ascendía del cuartel destruido de Lorenzo, podía verse el resultado de la noche anterior: fuego, cenizas y cuerpos que la tierra devoraría en silencio.
Dante estaba de pie, con el abrigo oscuro sobre los hombros, observando el horizonte. Sus ojos eran dos líneas duras, sin emociones. Serena se acercó lentamente, envuelta en la brisa fría, y se detuvo a su lado.
—No dormiste —dijo ella con voz baja.