El banquete había llegado a su clímax. Las copas se alzaban, las últimas risas resonaban bajo los candelabros, y la música, antes vibrante, descendía a un murmullo de cuerdas suaves que acariciaba el aire. Los invitados, exhaustos tras horas de conspiraciones disfrazadas de conversaciones, comenzaban a levantarse de sus asientos. La fortaleza, que durante todo el día había vibrado con un bullicio incansable, ahora exhalaba un suspiro de calma.
Los sirvientes retiraban platos dorados, copas de c