La noche había caído sobre Roma y las luces de la mansión de Isabella iluminaban su figura en el gran ventanal. Llevaba un vestido negro ajustado, con un escote profundo, pero en su rostro no había sensualidad sino furia contenida. La copa de vino en su mano temblaba apenas, tanto que terminó arrojándola contra la pared, viendo cómo el cristal se hacía pedazos y el líquido rojo manchaba las cortinas.
—¡Maldito seas, Salvatore! —escupió, con los ojos ardiendo—. Me prometiste que sería tu reina.